¡Magistral!, ¿por qué evaluarlo a priori, amén de los contrasentidos envueltos?

Por Carlos Luis Baron domingo 16 de diciembre, 2012

Según la enciclopedia libre Wikipedia, en la red Internet, “Se denomina conferencia magistral a las conferencias dadas por gente conocida o gente importante. El contenido de la conferencia no tiene que ser estrictamente brillante, bien estructurado o basado en una investigación profunda. Ha bastado con que un político importante, un empresario reconocido o un escritor famoso convoque a su conferencia, para que los medios la califiquen como tal”. ¿Por qué?

De acuerdo con esa definición, y la explicación complementaria que se agrega, parece ser que, lo que en verdad otorga el calificativo de magistral, y de conferencia también, a lo que dicen las personas señaladas, no es la calidad de lo que expongan, ni la forma en que lo hagan. ¡El tintado se lo da el actor!, advirtiéndose en eso además, ciertos contrasentidos de consideración, respecto de lo que significan esos términos, o vocablos; y que, en el fondo lo que rige es, una aparente actitud “lamboneril” por parte de quienes así suelen catalogar las intervenciones provenientes de ese tipo de gente.

Y es que, yéndose directamente al grano, como se dice, para contradecir esos criterios, una de las acepciones de la palabra “magistral”, según algunos diccionarios es, “algo que está hecho con perfección y maestría”. ¡Son requisitos establecidos!

Por consiguiente, lo así considerado, de acuerdo con la lógica simple, debe ser ponderado y calificado primero; e intitulado después como tal, con su agregado respectivo, para no errar de entrada, como de ordinario es lo que ocurre, con los que osan emitir juicios alegres parcializados, referentes a ciertos actos en los que intervienen determinadas personas.

¡Lo que en realidad es magistral, no se puede “precalificar”! Hay que esperar que se produzcan las cosas, para entonces cualificarles juiciosamente como se deba, sin importar de quienes provengan. Formarse una acertada opinión relativa, al margen de toda actitud evaluadora con rasgos de parcialización obvios, por las “lisonjerías” individualizadas que a veces se estilan.

Según se explica, el término magistral tiene que ver con el magisterio, enseñanza, Se refiere a lo que está hecho con perfección y maestría, reiteramos, para tal propósito, edificar e instruir. Se está hablando de lo genial, perfecto, e imponente, en todos los sentidos.

Y esas son condiciones que, a priori, no se pueden determinar, máxime cuando se trata de asuntos tales como: ponencias públicas, discursos, conferencias que se habrán de dictar, etc. Son quienes los escuchan, o intervienen finalmente, si es que están en capacidad de hacerlo, los que podrán evaluar después.

Diversos son los aspectos a considerar, cuando de tales actividades se trata. Entre esos: contenido sustancioso del tema abordado, con los elementos soportantes debidos, incluidos los de carácter bibliográfico; capacidad para transmitir conocimientos, y saber escuchar a la vez, para lograr convencer al auditorio (público) que se tiene, e interviene, como se estila en el caso de las conferencias, teniendo como base esos aspectos las técnicas de oratoria requeridas, y las habilidades particulares necesarias, tendentes a mantener vivo el interés sobre el asunto, y la atención de la audiencia interlocutora.

Es por lo expresado más arriba que, resulta poco extraño, pasa desapercibido, el que en la República Dominicana, se publiquen con frecuencia anuncios referentes a conferencias que serán dictadas por personas diversas: profesionales de las distintas ramas del saber humano, funcionarios públicos, y otros, catalogándoles de antemano como “magistrales”. Se le introduce incluso el calificativo, como parte del título de lo que se vaya a tratar, lo cual parece un absurdo; aunque entendible en parte, por la concepción generalizada impropia que se tiene.

Y evidentemente, es algo que también luce aquí, más “lambonismo”, o lisonjería, que calificación real sobre lo que se habrá de exponer, y la forma en que se hará.

Para dictar una conferencia, que se pueda etiquetar como magistral, habría que incluir en ella una serie factores básicos relativos, sujetos a ponderación luego, incluyendo las aptitudes mismas personales del expositor, al momento de actuar. ¡Eso no es tan sencillo como aparenta!

Y, precisamente, ya en relación directa también con el uso de ese vocablo, apellidado magistral, se incurre muchas veces en errores de aplicación, pues no se discrimina entre ése, y el calificativo de discurso, por su aparente similitud. Pero, ¡sí que hay una variación notable entre ambos!, que avala el parecer de personas muy autorizadas en la materia.

No todo el que se dice dictar una conferencia, es conferencista en realidad, como tampoco tiene siempre acabados conocimientos sobre el tema que intenta abordar; y mucho menos, aptitudes de instructor. Puede ser un simple discursante, y nada más.

Según las precisiones que se hacen, incluso haciéndose referencia a la Real Academia de la Lengua – diccionario -, con relación a esos términos, “cuando se trata de un discurso se exponen los resultados de las reflexiones propias, ante una o más personas, que se limitan a escuchar, usando su inteligencia para discernir lo que se les está diciendo. Pero cuando implica dialogar con tus oyentes se convierte en una conferencia, porque conferencia significa básicamente conversar”. (Sentido dado en Oratorianet.com)

Por lo expresado, se está en presencia de una comunicación de doble vía, cuando se dicta una real conferencia. No solamente es hablar, para que otros escuchen y acepten lo que se les dice, tal cual piensa las cosas el charlista, lo que hace del evento una actividad menos sencilla aún, para estar calificándole de entrada, como “magistral”, sin tener los elementos de juicio necesarios.

¡Conferencia magistral no es todo lo que se exprese, de cualquier manera!, sin importar las personas que intervengan. Claro, en el sentido de lo que debe ser.

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