Medicina de Amor

Por Carlos Luis Baron domingo 19 de febrero, 2012

Quizás, fueron las sentidas palabras de Kevin Costner, por cuya boca habló toda una nación y un sin fin de atribulados seguidores, allende los mares, en ocasión del desgarrador Adiós tributado a la inolvidable Whitney Houston, …

Tal vez, todo tuvo estuvo influenciado por las visitas giradas en el transcurso del día a dos familiares de mucho aprecio, que se encuentran seriamente aquejadas en su salud, …

Probablemente, estaban comenzando a exteriorizarse, en este día, ciertas lagrimas invisibles que brotan como torrente incontenible desde lo más profundo del pecho, cuyo origen se remonta al preciso instante en que el escualo plateado se remontó a las alturas, arrastrándome a su paso y dejando atrás, en el terruño querido, a una parte importante de aquellos a quienes amo, …

Podría ser la emoción del reencuentro con mi Madre y demás querencias y afectos de esta parte del mundo, en el ineludible regreso, tantas veces postergado, …

Posiblemente, todos estos factores confluyeron, a manera de artilugio, en este día de tan disímiles y emotivas ocurrencias, que vino a ser, en cierto modo, más que abrazo, zarandeo de bienvenida, por mi retorno de vuelta a la Babel de hierro, …

Y he aquí que, para poner la tapa al pomo y mientras espero la llegada del rugiente tren que ha de conducirme al hogar, entre el políglota cuchicheo que da cuenta de mil y una historias inspiradas en el Sueño Americano, abriéndose paso de manera subrepticia –pero contundente-, superponiéndose al bullicio y serpenteando a todo lo largo y ancho del inhóspito y derruido andén, se elevó por entre la muchedumbre el sonido de unas notas arrancadas a las cuerdas de una gangosa guitarra, acompañadas de una quejumbrosa voz que implora amor y curas del alma.

Atrapado así, de sorpresa, apenas pude atinar a aguzar el oído y abrirme paso entre la multitud de usuarios del tren, para acercarme, poco a poco, hasta el virtuoso ejecutante que, entre arpegios y melancólicas estrofas mantenía cautivado a un grupo de personas que, por la expresión de sus rostros, se sentían más que identificados con aquel ritmo y la sutil historia narrada en sus letras.

Coincidiendo con el melancólico y agridulce rasgueo de las ultimas notas de la guitarra, se enseñoreó del entorno el ruido ensordecedor que anunciaba la llegada del caballo de hierro y mientras unos corrían despavoridos en pos de lograr un espacio en los carromatos ya de por sí atestados, algunos otros tuvieron tiempo de cumplir un deber solidario, arrojando algunas monedas a los pies de aquel que con sus interpretaciones había hecho vibrar, en tan breve tiempo, los inquietos corazones de muchos de los allí presentes. El suscrito, entre ellos.

El tren partió, con su furioso rugido, llevando en su vientre su atestada carga de anhelos y frustraciones y en la estación de la Calle 96 quedó el artista callejero, entonando nuevas composiciones para deleitar a otros parroquianos envueltos en el incesante ir y venir de la ciudad de Nueva York.

Y mientras el tren de la Ruta 1 se alejaba de allí, en zigzagueante recorrido hacia la punta norte de Manhattan, mis pensamientos quedarónse detenidos por un instante para reflexionar en un detalle, que podría ser casual, pero que envuelve un profundo significado:

La canción entonada por el artista que nos deleitó en la plataforma era nada más y nada menos que Medicina de Amor, aquella famosa versión en ritmo de bachata estelarizada hace un par de décadas por el dominicano Raulín Rodríguez; y, contrario a lo que podría esperarse -y para sorpresa nuestra-, el intérprete que inyectó tanto sentimiento a la canción a que nos referimos responde a la nacionalidad mexicana.

Sopesando estas reflexiones y meditando en el amplio espacio que ha venido ganando en los últimos tiempos este ritmo nuestro que ya trasciende las fronteras y linderos isleños y amenaza con enseñorearse en todos los rincones del mundo, gracias, sobre todo, al depurado mensaje, la calidad de su lirica y la superación de sus intérpretes, llegué, finalmente, a mi barriada de Washington Heights –un pedacito de Quisqueya enquistado en Nueva York-, dispuesto a esperar, junto a los míos, la llegada del reparador sueño, acompañado de unas copas de gratificante vino, mientras escucho, nueva vez, pero ahora dimensionadas en la voz del Cacique de Santa María, las estrofas agridulces y alucinantes de Medicina de Amor, en versión original.

Salud!!