Mi segundo encuentro con la hija de Pedro Henríquez Ureña

Por Carlos Luis Baron jueves 28 de junio, 2012

Con esa sonrisa contenida, pero suave, que armoniza con su mirada profunda, dulce, y que refleja la reciedumbre de su carácter, réplica tal vez del de su ilustre padre, así recuerdo, ahora, a doña Sonia Henríquez-Ureña Vda. Hlito, hija menor del insigne humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña. Reside en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde vio la luz del mundo por primera el 10 de abril de 1926 y donde casó con el pintor argentino Alfredo Hlito Olivari (1923-1993), considerado un innovador de las artes plásticas argentinas en los años 40s. Con este reputado artista procreó dos hijos: una hembra y un varón.

Fue un encuentro amistoso, cargado de la familiaridad propia de los seres transparentes como doña Sonia, a quien tuvimos el honor de conocer en abril del año 2002, ocasión en que recibimos de ella, a nombre de la Biblioteca Nacional “Pedro Henríquez Ureña” y en el marco de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, la máquina de escribir Royal que utilizó su padre desde 1941 hasta el momento de su muerte el 11 de mayo de 1946, hecho trágico ?de profunda herida para la cultura de la América hispánica? acontecido en Argentina, en el trayecto del maestro de Buenos Aires a La Plata.

Las 4:00 p.m. era la hora acordada para mi segundo encuentro con la distinguida hija del gran Pedro. Fue en el lobby del Hotel Embajador, en la ciudad de Santo Domingo. Llegué primero, llegué puntual, como corresponde a todo caballero cuando ha de encontrarse con una dama. Más aun cuando se trata de una dama de tan noble estirpe cultural, sobreviviente de la familia de mayor hidalguía espiritual de la República Dominicana: la familia Henríquez Ureña.

Un tema se imponía: su padre, Pedro Henríquez Ureña, a quien Jorge Luis Borges llamó, en 1959, el Maestro de América. Vestía ella una delicada blusa blanca y pantalón de igual color. Se le notaba ya la presencia del tiempo en su caminar: “Ya estoy muy cansada, Miguel, para estar viajando; creo que este es mi último viaje a la patria de mi padre”, fueron las palabras que precedieron a su amable saludo. Recibí de doña Sonia un abrazo afectuoso, cálido. Me sentí su sangre.

Fue el martes 2 de octubre de 2007, día en que tendría lugar la puesta en circulación de una moneda conmemorativa de RD$60.00 con la efigie de la eximia poetisa Salomé Ureña de Henríquez, su abuela paterna. Esta moneda “tiene terminación Proof, un diámetro exterior de 26 milímetros y un diámetro interior de 20 milímetros, un peso de 12 gramos, con cantos estriados gruesos e interrumpidos, borde liso, anillo de Plata Sterling 925 y núcleo de Oro Ley 750”. Fue acuñada por la empresa polaca Mennica Polska, S. A.

A doña Sonia le correspondería hablar en ese homenaje póstumo a Salomé en representación de la familia Henríquez Ureña, razón por la que el Banco Central de la República Dominicana la invitó a venir desde Buenos Aires, a donde sus padres habían arribado en junio de 1924, procedentes de México, en ese peregrinar constante en busca de mejores condiciones de vida y de circunstancias más favorables para la continuación de su obra intelectual y académica.

La conversación entre la nieta de Francisco Henríquez y Carvajal y yo fue larga y amena, como si acaso fuera yo su nieto o su sobrino. Así me hizo sentir ella, así de feliz me sentía al conversar tan cordialmente, tan familiarmente, con esa heredera del más ilustre de los hombres de letras nacidos en el suelo que el Apóstol Eugenio María de Hostos eligió como su segunda patria.

De lo que hablamos, de lo que doña Sonia me dijo y de lo que yo le dije a ella, de todo ese diálogo memorable habré de escribir. Pero no será ahora, en este breve artículo, con el que solamente he pretendido alimentar la memoria del pueblo dominicano a solo dos días de cumplirse el 128 aniversario del natalicio de PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA, sobre quien doña Sonia, como verdadera hija agradecida, escribió “Pedro Henríquez Ureña: Apuntes para una biografía”, obra editada en 1993 por la editorial mexicana Siglo XXI y que ella, en ese encuentro, me autorizó a reeditar. Oportunamente lo haré, admirable amiga doña Sonia Henríquez-Ureña.