Mirando al futuro constitucional de las leyes sustantivas en el contexto de la costumbre local

Por Juan Carlos Espinal miércoles 18 de julio, 2012

Nuestra revolución independentista reflejaba por una parte la histo­ria de la sociedad de los siglos por venir y también las peculiaridades de nuestros políticos, hijos de pueblo, provenientes de los estratos sociales más bajos de la nación, quienes se convertirían más tarde en presidentes y funcionarios y cuyas complejidades se­rían heredadas por un pueblo cuasi analfabeto. El modelo político de partidos, era pues, una organización disciplinada y eficiente de simpatizan­tes profesionales, con la misión de llevar a cabo tareas que les asignase la dirección central, potencialmente autoritaria, como señalaron desde el principio muchos intelectuales dominicanos revolucionarios.

¿Qué podría frenar la tendencia a la sustitución de las masas por el partido que aseguraba liderarlas, de sus miembros, o mejor, de los congresos en que expresaban sus puntos de vista, por los comités (elegidos), del comité central, por los diri­gentes efectivos, hasta que el dirigente único (en teoría elegido) Bosch, Balaguer y Peña Gómez aca­basen reemplazándolos a todos? El peligro, como se vio, no dejaba de existir por el hecho de que Balaguer ni quisiera ni estuviera en situación de ser un dictador ni por el hecho de que el partido Reformista – al igual que todas las organizaciones de ideología derechista- no operasen como un estado mayor militar sino corno un laboratorio de discusión permanente. Ese peligro se hizo más inmediato después de la aventura de manadas (1962), al pasar los izquierdistas de ser un grupo de unos cientos de activistas clandestinos a partidos de masas de cientos de miles de nuevos burócratas y al final, de millones de acti­vistas profesionales, ejecutivos medios, administradores y su­pervisores de empresa que sumergieron a la “vieja guardia” en un limbo histórico y que sumergió a los demás pensadores socialistas –de antes de 1960-, que se les habían uni­do: Manolo Tavarez Justo.

Esa gente no compartía la vieja cultura política de la derecha. Todo lo que sabían era que el comité central del partido 14 de Junio tenía razón y que las decisiones de la autoridad superior debían cumplirse si se quería salvar la revolución. Cualquiera que fuese la actividad pre revolucionaria de los resi­duos del neotrujillismo hacia la democracia – dentro y fuera de los partidos pos revolución-la libertad de expresión, las libertades civi­les y la tolerancia, por ejemplo, en las circunstancias de entre los años 1963 y 1978, impusieron un modo de gobierno cada vez más autoritario dentro y fuera de un sistema consagrado a realizar cualquier acción que fuese o pareciera necesario para mantener el frágil y amenazado poder de los trujillistas. De hecho, al principio no fueron un gobierno de un solo partido, ni ejercitaban a la oposición, pero utilizaron el golpe de Estado (1963) como una dictadu­ra monopartidista apuntalada por un poderoso aparato de seguridad que empleaba métodos terroristas contra los revolucionarios.

En la misma línea, Balaguer abandonó la democra­cia representativa a lo interno de su partido al prohibirse la discusión colecti­va de políticas alternativas. El concepto caudillista del “centralismo democráti­co”, por el que los partidos se regían teóricamente, se convirtió en centralismo a secas, y los partidos dejaron de actuar de acuerdo a los estatutos. Las convocatorias anuales del congreso de los partidos se volvieron cada vez más irregulares, hasta que, en época de Peña Gó­mez, su convocatoria pasó a ser imprevisible y esporá­dica. Los años del activismo político de Juan Bosch relajaron la atmósfera de la derecha al margen de la política, pero no la sensación de que el Partido de la Liberación era una minoría amenazada que tal vez tuviese de su parte la his­toria., pero que actuaba al mismo ritmo de la tesis del or­den y del momento presente. La decisión de emprenderla revolu­ción democrática desde abajo obligó al sistema capitalista a im­poner su au­toridad, de forma acaso me­nos despiadada (aun­que en los años de la guerra civil fue brutal) , porque su maquina­ria para el ejercicio continuo del poder era ahora mucho mayor.

Bosch fue entonces uno de los últimos vestigios de la vieja separación de poderes; el modesto margen de maniobra que se reservaba era una oposición a los gobiernos de Balaguer, Salvador Jorge Blanco y Antonio Guzmán. Su dirección política unificó el sistema de partidos – aun cuando concentró el poder del PLD en sus manos – su­bordinando todo lo demás. Fue en ese punto cuando el sistema, bajo la dirección de Balaguer, se convirtió en una autocracia constitucional que intentaba imponer su dominio sobre todos los aspectos de la vida y el pensamiento de los ciudadanos, subordinando toda su existencia, en la medida de lo posible, al logro de los objetivos del sistema, defini­dos y especificados por la autoridad suprema. No era es­to por supuesto lo que habían planeado Bosch y Peña Gómez, ni había surgido en los períodos del PRD (1978-1986) ni en la mayoría de los partidos. Así, Antonio Guz­mán (1978-1982) que junto con Salvador Jorge Blanco (1982-1986) se convirtieron en los “jefes” del PRD fueron aislados y se disgregaron uno suicidándose y otro hecho preso por órdenes directas de Joaquín Balaguer.

Esos gobiernos del PRD desembocaron en una desilusión tal, que ni siquiera los más fieles dirigentes de ese partido, (Jacobo Majluta) y ni siquiera los cuadros políticos y ma­sas del PRD se proclamaron en rebeldía, pese a que mucho antes de sus respectivas campañas poseían apoyo popular, lo que reflejaba que el PRD había dejado ser un partido para convertirse en una multitud de intereses particulares. Los marxistas, pese a ser seguidores de Bosch, como por arte de magia no tuvieron reparo en asumir el pensamiento “boschista” en lugar de sus pro­pias ideas, y hasta cuando se tachaba a alguien de here­je, como a Rafael Alburquerque – acusado de “divisionista” – se daba por sentado que se trataba de un “adversario legítimo”.

La idea de que un partido socialista de centro tenía que obligar a todos los ciudadanos- militantes a pensar igual – y menos aun, la de otorgar poder al colectivo de sus dirigentes y que alguien inten­tase ejercer esas funciones – en solitario- era im­pensable y lo sigue siendo, algo semejante a la infalibilidad papal. Esto no habría pasado por la ca­beza de ningún peledeísta destacado hasta finales de 1994. Podría decirse, a lo sumo, que el socialismo marxista era para sus adherentes un compromiso perso­nal apasionado, un sistema de fe y de es­peranza que poseía algunos de los rasgos de una religión secular, y que las sutilezas teóricas acabaron siendo – al PLD convertirse en un movimiento de masas – en un catecismo, en el mejor de los casos, y en el peor, en un símbolo de identidad y leal­tad, como una bandera que había que reverenciar.

Podía decirse que en el partido Reformista de Balaguer, o más bien en los demás partidos, tal como fueron concebidos por Balaguer y Bosch, la ortodoxia y la intolerancia habían sido implantadas, no como va­lores en sí mismos, sino por razones instrumentales prácticas. Como un buen general, y Joaquin Balaguer Ricardo fue ante todo un estrate­ga, no quería discusiones en las filas “rojas” que pudiesen entorpecer su eficacia. Además, al igual que otros genios pragmáticos, Balaguer estaba con­vencido de estar en posesión de la verdad, y tenía po­co tiempo para ocuparse de las opciones ajenas. En teo­ría era un autócrata ortodoxo de derechas- casi fundamentalista- por­que tenía claro que jugar con el texto de una teoría constitucional o con un dis­curso social nacionalista -cuya esencia era la democracia – podía debili­tarlo. No dudó en modificar las opiniones de Bosch y Pe­ña Gómez, de la Iglesia y el empresariado, utilizando a su antojo a los militares a quienes vale decir les agregó ge­nerosos añadidos de cosecha propia, proclamando siem­pre la lealtad literal al maestro.

Dado que hasta 1970, Bosch fue sobre todo un líder internacional y representante de una minoría burguesa atrincherada en el seno de la centro izquierda dominicana – e incluso dentro de la social democracia peñagomista ganó fama de ser intolerante con los disidentes y opositores-nunca dudo en casti­gar con expulsión a sus propios “compañeros de parti­do” y cuando cambió la situación política, en 1973, y el caos se apodero del PRD, los denunció públi­camente, e incluso después del golpe de Estado (1963) se apoyó en su recia personalidad para imponer su autori­dad moral y no sólo eso, sino que sus puntos de vista fueron aceptados sin discusión, salvo una que otra argumentación proveniente de un abogado inteligente, Euclides Gutiérrez Félix. Bosch, de haber seguido activo en la vi­da política, no cabe duda de que habría seguido deman­dado a sus contrincantes y aliados mayor compromiso social. Al igual que en el exilio, había demostrado su ilimitada tolerancia pragmática. Pero no hay prueba de que hubiese concebido, o hubiese to­lerado, esa especie de versión liberal de la economía de mercado del ejercicio guberna­mental de Leonel Fernández (1996-2000), a quien habría llamado una “mina de oro”. Es posible que Balaguer lo intuyera conscientemente y no se limitara a enfrentar a Peña Gómez (1996) no así al PRD- como tal – sino que ape­ló al primitivismo de la sociedad dominicana, dividiendo al PRD y ejerciendo su enorme influencia ortodoxa en las derechas, apareciendo en público (Pacto Patriótico) seguro de que se habría salido con la suya. Sin embargo, hay algo que debe quedar claro. La posibilidad de un régimen autoritario en el Siglo 21 está implícita en cualquier régimen constitucional basado de partido único e inamo­vible, tal como ocurrió con la hegemonía política e institucional del PRD (2000-2004) en la República Dominicana.

@jcespinal68

enserioonline@hotmail.com