Miseria y riqueza

Por Carlos Luis Baron miércoles 20 de junio, 2012

La miseria tiene una cara y un olor desagradable. Nadie la quiere tener cerca. Ni los adinerados, ni los desgraciados que viven en su seno. Es lo mismo que el gran capital, atesora dinero para buscar el poder social y narigonear a los políticos, pero se va aislando de tal forma que el poder económico lleva a una competencia personal que termina en el siquiatra. Para que exista la paz en el mundo, tiene que darse la confluencia de la riqueza con la miseria. Si el capitalismo se impone con puño de hierro, estará sometiendo por la fuerza a los más necesitados.

Cuando los obreros y campesinos toman el camino de la rebelión, viene la sangre y un gobierno que procede a confiscar lo que estima riquezas sin fines sociales. Sea con el apoyo de las botas militares, o con el Don Nadie metido a miliciano, el poder sin concertación es tiránico, brutal, desconocedor de los derechos humanos, y extirpador de la vida. La riqueza, para evitar que los demonios humanos se desaten, tiene que ser distribuida de forma equitativa, darle sentido social, estar junto a los que mal viven en la jungla del abandono.

Por esas ironías de la vida, es la pobreza la que sirve el músculo y la fuerza para atesorar riquezas. Sobre las espaldas descuatizadas por el látigo del capataz, se hicieron ricas y poderosas las monarquías europeas. En las plantaciones de algodón del Sur de los Estados Unidos, las sólidas fortunas tenían detrás el kilombo, la esclavitud, el poder lacerante del que por su color de piel podía decidir vidas y haciendas.

La gran crisis de América Latina es hoy la mala distribución de riquezas. Inclusive los países que dan pasos hacia una forma equitativa de vida, todavía padecen esa partición incierta. Brasil, una de las potencias económicas emergentes del mundo, tiene la más espantosa de las miserias en sus favelas, donde se hacinan los seres humanos como si fueran animales.

Venezuela, a pesar del progreso y la protección social impuesta por Hugo Chávez, tiene Los Cerros, donde el ser humano vive en etapa de las cavernas.

El ejemplo continental y mundial tiene su gran reflejo en la República Dominicana, donde al lado de los hoteles de veraneo más exclusivos, hay campesinos sin tierra, sin comida, sin salud y sin educación. En las ciudades, frente a las grandes torres de viviendas o comerciales, hay niños y adultos que piden en las calles para poder comer algo, que en el mejor de los casos no mejora sus problemas nutricionales.

El capital tiene que tener un rostro social, tiene que tener rasgos humanos, debe servir al desarrollo de su conglomerado. Debe aprender a mantener la espoleta de los odios de clase.

El capitalismo dominicano debe convivir con sus empleados, pero no con una sonrisa de mimo, sino aportando conquistas sociales, buenos sueldos, asistencia médica y educación. La única forma de congelar la violencia social, es que haya armonía, paridad entre riqueza y miseria. Sino la hay, entra el mar.