Monopolio ayer, hoy oligopolio

Por Carlos Luis Baron domingo 29 de julio, 2012

Desde la llegada de Colón a la isla, el 5 de diciembre de 1492, los nuevos usurpadores se adueñaron de la isla y accesoriamente de la actividad económica y social. Con la finalidad de beneficiar a unos pocos en España y en la nueva colonia. Por eso, la Rebelión de Roldán (1498) fue una ventana forzada para que unos cuantos entraran en el reparto de esos beneficios. Surgiendo así los Caciques Blancos y vivir así del sudor de los indígenas.

La Casa de Contratación de Sevilla (1503) no sólo dueña del monopolio comercial desde la metrópoli con sus colonias, sino también del flujo migratorio. Razón fundamental para que el comercio de la isla fuese caótico y cercenara un desarrollo socio-económico y político para los nuevos habitantes, y ni hablar de la sentencia evacuada para la extinción de los nativos en ese mismo año, producto de las encomiendas. Ésta última engrosaría el dominio de unos cuantos sobre la sociedad taína con la complicidad de las autoridades, mientras que con la primera nadie podía comprar o vender sin la anuencia de esta institución y comprar bajo las condiciones que ella estableciera. Esta institución fue el reflejo mismo de la disputa existente entre los de Castilla y los de Aragón.

Pasaron 471 años, convertida ya la parte Este de esa colonia en República, para que el presidente de turno buscase fórmula para todos aquellos que habitasen en ella intentar hacer cambios significativo, no solamente en el accionar político sino también, fundamentalmente, en lo económico. Por lo que no tuvo la necesidad de ir a las Naciones Unidas para darse cuenta que en su país la especulación era dañina y que atentaba con la estabilidad social. Por eso consagró en una Reforma Constitucional de ese año (1963), precisamente en el artículo No. 30, además de prohibir el monopolio a favor de particulares expresaba lo siguiente: “… Serán… sancionados… El autor o autores de todo acuerdo, concierto, maniobra o combinación, en la forma que fuere, entre productores, industriales, comerciantes o empresarios al servicio al público, tendiente a fijar precios por encima de los normales…” Nótese que si se aceptó el monopolio, pero para el Estado. Ajustado esta parte al concepto de Estado para Max Webber. Quien reconocía que era el único que puede reclamar para sí el monopolio. Sencillamente porque esa institución no buscará beneficios a costa de precios altos. Reza un refrán: “De afueran llegarán que a la calle nos echarán”, y justamente el DRCAFTA, como tratado de libre comercio, no acepta el monopolio.

Para seguir con mi perorata citaré a Mateo 7, versículo 3: “¿Por qué ves la pelusa en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?” Y para ver una de esas vigas que nos impiden distinguir la realidad. La palabra “monopolio”, en nuestro país, ha sido sustituida por la de “oligopolio” –al cual hacía referencia el artículo 30 de la Constitución más arriba indicado–, ésta palabra “oligopolio” proviene de los conceptos griegos: oligo “pocos” y de polio “vendedor”. Extrapolando esta última por “fabricantes”. Y apliquémosla a las fábricas de Cemento, por ejemplo que existen en el país. Anteriormente cuando existían en el país dos fábricas de cementos, se contaba con precios bajos y competencia en calidad. Hoy contamos con más fábricas de cementos. ¿Cuáles son los beneficios? Más empleos. Y ¿Cuál es el precio de esto? Un cemento gris más caro, lo cual se refleja en el precio de las viviendas, en los alquileres, entre otros. Y en vez de existir una competitividad en el producto, contamos con una unión de dichos fabricantes para fijar un precio alto y de inferior calidad al fabricado en la década de 1980. Esto es precisamente el resultado del “oligopolio”.

Veamos dos ejemplos actuales de monopolio:

1.- Jamaica cuenta con una fábrica de cemento, la cual coloca su producto en nuestras aduanas a un precio menor al 300% al fabricado en República Dominicana. 2.- Brasil también cuenta con una fábrica de cemento y coloca en nuestras aduanas un cemento de mejor calidad a un precio menor a un 430% al producido en el país.

Me llegan algunas interrogantes. ¿Cuál es el margen de ganancias de las fábricas de cemento gris de la República Dominicana? ¿Cómo estaría el precio de los inmuebles en el país para un cemento al precio de Brasil? ¿Debe tener el Estado un control de precios? ¿Existirá otro presidente en el país que se atreva a decirle al empresariado que el exceso en el precio de un artículo se convertiría en un impuesto para ser utilizado en educación y salud de los ciudadanos? ¿Sería mejor para el país contar con el monopolio de Brasil o de Jamaica que el oligopolio reinante en la actualidad en el país? ¿El porcentaje de ganancia del capitalismo de los países no colonizados por españoles no es salvaje como los que si fueron? ¿Existen mejores controles de precio y calidad en esos países porque no fueron colonizados por españoles? ¿Por qué el Estado, en vez de darle facilidades a las empresas para instalarse en el país, no les fija estándares de ganancias y calidad? Finalmente, ¿Si no existe una prohibición del cemento, por qué la complicidad de las autoridades dominicanas, para perjudicar a quienes se enfrentan a los oligopolistas?

Recordando a Calderón de la Barca: “los sueños, sueños son”. Y un país donde el clientelismo político y la corrupción son prácticas de la cotidianidad, esto impide la real competitividad, ya que no se puede competir ni en precio ni en calidad con las fábricas de Brasil y Jamaica.

Un llamado a nuestros congresistas, el problema no es aplicarle impuestos a las pacas y otros productos que se puedan comprar por internet. Esto es parte de la consecuencia a la ganancia excesiva de los comerciantes del país, que han empujado a buscar alternativas. Ahora les toca a ustedes dejar a un lado seguir siendo inventores del “agua tibia”, beneficiando a quienes aplastan con sus precios y poder al pueblo y crear mecanismos que sirvan de parámetros reales de competitividad en precios y calidad.