Nadie se llama licenciado, ni doctor tampoco

Por Carlos Luis Baron viernes 22 de junio, 2012

El uso indiscriminado de los títulos académicos a nivel profesional, el calificativo que más merece es: fantochería, producto de la mediocridad latente en determinadas personas, y de un egotismo con tendencia separatista, respecto a los demás.

Si bien es cierto que, todo título a ese nivel no es más que la distinción merecida otorgada por una institución universitaria, luego de cursarse alguna carrera profesional, no es menos cierto que, también se requiere de un exequátur para poder ejercer; y que, ninguna de esas cosas a nadie hacen superior, humanamente hablando, que es lo más importante a tener siempre en cuenta, independientemente de la formación académica superior que se haya logrado, como de la autorización estatal que se tenga para trabajar en la disciplina de que se trate.

Simplemente, se está en presencia de alguien que ha tenido la oportunidad de realizar estudios a ese nivel, para adquirir los conocimientos correspondientes a cualquier área laboral, especializada podría decirse, por gusto, vocación, o inducción paternal, como ocurre en algunos casos, para luego tratar de ejercer la carrera elegida, que en determinadas situaciones tampoco se hace.

Es lo mismo que ocurre con los aprendizajes de carácter técnico, o de oficios variados, en los que se labora prevaleciendo siempre la ética, destrezas y habilidades requeridas. En el fondo, tanto los egresados universitarios, como aquellos que no lo son, tienen la misma importancia, en términos de satisfacer necesidades de servicios a los demás.

Evidentemente, cada cual dentro de su respectiva área. Por ejemplo, un médico no sabe cómo hacer una instalación sanitaria dentro de una casa, que es algo imprescindible, y que no toda vez requiere de un ingeniero, o profesional del sector.

Pero ocurre que, algunos entienden que hay que titularse socialmente, para “autoimportantizarse”; y, sentirse estar por encima de los otros, ampliando los nombres de pila y apellidos con los títulos profesionales logrados: Lic., Dr., Ing. Arq., etc., cuando en realidad nadie se llama de esa manera.

Muchas veces, hay gente que se convierte hasta en el hazmerreír de los presentes por esa actitud; ya que, cuando se le pregunta por su nombre, de ordinario la respuesta es: Lic., o Dr. Fulano de Tal. Señor, a usted se está requiriendo saber su nombre; no es el título profesional que se tenga, lo que se quiere conocer, ni en lo que usted ejerce. Además, las universidades no son juzgados de declaración de personas.

Pero, hay otros que van más lejos aun, al facsímil de la firma, grandísima por los tantos rasgos acostumbrados, le agregan delante también, el título académico. ¡Cuanta mediocridad!

Es bastante notorio que las personas, mientras más instruidas son, mayor curriculum tienen, más sencillas hacen sus firmas; y, nunca hablan de títulos profesionales, a menos que, sea por necesidad de identificación en ese contexto.

Los grandes científicos, investigadores, literatos, como los más connotados profesionales del saber, jamás plasman titularidad alguna en sus trabajos, discursos escritos, o ponencias de cualquier orden, relacionadas con su quehacer. Honran la humildad en tal sentido, a sabiendas de que, la misma es parte de sus conocimientos.

Contrario a esas actitudes de muchos, en nuestro país por ejemplo, se dan situaciones bien simpáticas; y es que, hasta en las esquelas mortuorias, los dolientes de los fallecidos hacen consignar los títulos profesionales que aquellos tuvieron durante la corriente de vida concluida. ¿Para qué? O es que, quizás se piensa que van a seguir ejerciendo en el otro mundo. ¡Esas distinciones no se llevan para allá!

Pero también, se dan los casos de que, los lambones y limpia sacos nuestros, se los otorgan a los políticos, muchos casi analfabetos, desde que logran alcanzar alguna posición de cierta importancia; ¡los gradúan sin tener que ir a ninguna universidad!

Y son tan descarados, algunos de esos ignorantes con suerte, que se ensanchan bastante, se crecen ante los demás, y aceptan la calificación inmerecida, muy satisfechos.

¡Ah, pobre paisito este nuestro!, que se desenvuelve mayormente entre fantoches, allantosos, y lambones a granel. Mucho cuadre y cachucha, ¡nada más!

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