Ni Suizos, ni anglosajones, sólo dominicanos.

Por Carlos Luis Baron domingo 14 de octubre, 2012

Hace varios años, cuya cantidad que no puedo precisar, participaba en una liga de baloncesto que denominabamos añeja, por la edad de los participantes. Bueno, no es que fuésemos tan viejos en ese momento, más bien lo de añeja era sólo una formalidad. En una ocasión, cuando realizabamos los ejercicios de calentamiento antes del juego, le comenté a uno de mis amigos que trotaba junto a mi, que había notado mucha desorganización en la liga y que teníamos que poner orden para funcionar major, y él me contestó bueno, y que quieres tu, no somos Suizos. Su respuesta me tomó por sorpresa y quedé pasmado, y lo peor es que no supe que responder a tal atrocidad.

Muchos años han pasado después de esa conversación de calentamiento, y la respuesta de mi amigo sigue grabada a cincel en mi memoria. He reflexionado detenidamente sobre el tema, y he llegado a la conclusión de que mi inquietud, la cual expresé para llamar la atención sobre una situación particular , está vigente pero para el país.

Estoy de acuerdo con la aseveración de mi amigo que no somos Suizos, Además no aspiro a serlo, pués me siento a gusto siendo dominicano, y ciudadano de una isla anclada en el Caribe, cuya población es única . Pero él, evidentemente, no se refirió a las semejanzas físicas, cuando dijo lo que dijo, sino al grado de organización y obediencia a las normas sociales y las leyes alcanzadas por los Suizos.

Para él, como no somos suizos ni blancos, no estamos capacitados para alcanzar un nivel óptimo de orden y respeto a las leyes y las normas, como garantía de convivencia social. Más bien, debíamos aceptar nuestro destino, sin sonrojarnos, y ser guíados por fuerzas ajenas a las propias en una especie de destino manifiesto.

Desafortunadamente , tal idea no es potestativa de mi amigo, sino que está integrada como un elemento cultural de la población dominicana, y se ha convertido en un estilo de vida. Como nación hemos incorporado un repertorio de conductas tan negativas que en ocasiones es imposible separar la realidad de la ficción. Todo se acepta, y se justifica, especialmente, si se tienen los recursos económicos necesarios.

Parece que estamos atrapados y sin salida, y no hay soluciones factibles. Y si alguien habla de la necesidad de un cambio, los ciudadanos se muestran desmoralizados y decepcionados, a tal punto que linda en el conformismo. Usualmente el comentario más socorrido entre nuestros ciudadanos es que: esto no lo arregla nadie.

Por otra parte, otros dominicanos que creen en la democracia, añoran el autoritarismo, y piden una vuelta al pasado y a las soluciones de fuerza. El uso de la violencia no es una garantía de respeto ni fortalecimiento institucional. Países como Suiza logran el nivel de orden y convivencia social no por ser suizos o blancos, sino por la tradición de honrar las leyes y las normas vigentes.

Dado que la aplicación de las leyes en ése país no es selectiva, todos los ciudadanos están obligados a acatarlas, pero a la vez están igualmente protegidos por las mismas.

Sé que en nuestro nación hay sectores que alientan y promuenven el desorden, pués sacan provecho de él; y hacen del irrespeto una norma, que echa raíces profundas en las costumbres y la conducta de la población. Esos sectores piensan que están por encima de toda la legislación vigente, y son immunes a ellas. Actúan siguiendo los designios de su voluntad, que creen es inapelable. Sus acciones no tienen límites, y de esta forma, corrompen, roban, violan, violentan, engañan, distorsionan, mienten, trafican, matan, abusan , destruyen, etc. tan desenfrenadamente que tienen el país al borde del colapso.

La mayoría de la población dominicana anhela una República Dominicana diferente, donde impere la justicia social, el orden, el respeto, la equidad, y donde haya un freno a los que se creen escogidos por la providencia, y son los responsables directos del estado de degradación y decandencia en que vivimos.

Todavía hay esperanzas, y soluciones realizables. Es necesario tomar acciones firmes, para que la voluntad colectiva detenga a los proponentes del caos. No tenemos que convertirnos en suizos, ni anglosajones, sólamente asumir el compromise para unirnos y actuar colectivamente. Con determinación, valentía y patriotismo, para detener y desarraígar el proceso de disolución social, y rescatar los valores que nos dieron origen como nación, y restaurar los lazos de solidaridad, respeto y disciplina,