Papel político de los empresarios frente al FMI en épocas de crisis social

Por Carlos Luis Baron viernes 13 de julio, 2012

La economía planificada de los partidos políti­cos nacionales que sustituyó el centralismo estatal ejercido por Trujillo era un mecanismo rudimentario, mucho más rudimentario que los cálculos de los eco­nomistas pioneros de nuestra pobreza inflacionaria de los años se­tenta – desde Carlos Despradel hasta Bernardo Vega – que a su vez eran más rudimentarios que los mecanismos de planificación de que disponen los go­biernos y las grandes empresas a finales del siglo XX. Su tarea esencial era la de crear nuevas industrias más que gestionarlas dando máxima prioridad a las industrias pesadas básicas y a la producción de ener­gía, que eran la base de todas las grandes economías industriales: carbón, hierro, acero, electricidad, petró­leo, etc.

La riqueza excepcional de nuestros pensadores po­líticos – en materia económica- radicaba más bien en muchedumbres enardeci­das quienes cada cuatro años se abalanzaban a mimarles el más leve criterio aun sea un absurdo de pro­porciones risibles. De manera que se irían creando mi­tos socioculturales que jamás existieron, procurando cálculos especí­ficos sobre promesas incumplidas y en el mejor de los casos asumir sus responsabilidades cuando se dieron cuenta que sus estrategias de desarrollo y crecimiento se las había tragado la deuda y sólo estaban en sus mentes.

Al paso que íbamos, de la manera que nos hundieron, frisados en una pobreza cíclica eterna, no tendríamos alternativas y comenzaríamos a planificar justificaciones históricas. Balaguer hizo caso omiso de la democracia, fanfarroneando con objetivos realizados por sus gobiernos sacándole en cara al pueblo y sus adversarios lo que no fueron capaces de ha­cer, que hoy motiva a los pensadores mejor for­mados a preguntarse qué clase de país era el nuestro cuando un funcionario se vanagloria­ba así mismo de la responsabilidad que estaba obligado a ejecutar. Este simple dato tipifica la atrasada visión cultural y política del sistema democrático dominicano.

Los objetivos de producción se deben fijar sin tener en cuenta el costo, ni la relación costo-eficacia, ya que el criterio es si se cumplen cuándo y cómo. Como toda lucha política a vida o muerte, el método más eficaz para cumplir los objetivos y las fechas es dar ór­denes urgentes que produzcan "efectos" de ac­tualidad; es decir, la crisis en su forma de gestión. La economía dominicana jamás se ha consolidado como una serie de procesos rutinarios ininterrumpidos de vez en cuando por "esfuerzo superior de choque".

Juan Bosch se desesperaría más tarde buscando una forma de hacer que el sistema funcionase sin que fue­ra a "gritos". Luego, Peña Gómez habría explotado sus métodos particulares solucionando crisis y fijando métodos a lo interno de un partido sin democracia a sabiendas que sus prácticas no eran realistas para es­timular esfuerzos sobrehumanos. Además los objetivos, una vez fijados, tenían que entenderlos y cumplirlos, hasta en las más recónditas avanzadillas de la producción en el interior de República Dominicana donde administradores, gerentes, técnicos y trabajadores que, por lo menos en la primera generación, carecían de experiencia y de formación, y estaban más acostumbrados a manejar arados que máquinas.

Un aventurero de apellido Hazard, que visitó la República Dominicana de siglos pasados, hizo un dibujo ilustrando la vida dominicana de 1800 simulando probablemente hacia sus adentros donde realmente se encontraba, intentando por descuido aparentar la sofisticación de sus analisis, menos en los niveles más altos, que, por eso mismo, cargaban con la responsabilidad de una centralización cada vez más absoluta.

Al igual que la oposición, los gobiernos do­minicanos habían tenido que compensar con becas las deficiencias técnicas de sus miembros, simpatizantes apasionados – sin apenas formación – que habían sido promovidos desde las más bajas graduaciones, del mismo modo que todas las decisiones pasaron a con­centrarse – cada vez más – en el vértice del sistema del partido.

La fuerte centralización caudillista de Bosch y Balaguer compensaba la escasez de gestores y lideres. El inconveniente de este proceder era la enorme burocratización del aparato económico así como del conjunto del sistema, donde habría que dar instrucciones claras a los "cua­dros" del partido, donde era necesario obedecer "dis­ciplinadamente", no importando cuan grave sería el desliz del líder del partido, cuyas órdenes consistían en su genialidad intelectual.

Mientras la economía se mantuvo a un nivel de semi-subsistencia nuestros gobiernos sólo tendrían que poner los cimientos de la industria moderna. Este sis­tema improvisado- que se desarrolló sobre todo en los años treinta- funcionó.

Incluso, llegó a desarrollar una cierta flexibilidad, de forma igualmente rudimentaria. La fijación de una serie de objetivos no interfería necesariamente en la fi­jación de otra serie de objetivos, como ocurriría en el complejo laberinto de una economía moderna. En realidad, para un país atrasado y primitivo, carente de toda asistencia exterior, la industrialización dirigida, pese a su despilfarro e ineficacia, funcionó de una ma­nera impresionante. La generación nacida a finales de los años sesenta y que hoy roza los 35 años, debe es­tar asombrada de lo que ha logrado el país con tantos niveles de escasez de gestiones.

Así pues, República Dominicana es aún hoy poco capaz como sociedad, aunque resulte difícil de entender, que la realidad que nos golpea radica en la incapacidad de gobernantes y gobernados de creer sinceramente que nuestro desarrollo social está al borde de la esquina. Hay que añadir que en pocos regímenes la gente no hubiera podido o que­rido soportar los sacrificios que todos hemos pagado por vivir en esta tierra.

Pero si el sistema mantenía el nivel de consumo de la población bajo mínimos, les garantizaba en cambio un mínimo social. El Estado otorgaba trabajo, comida, ropa y vivienda de acuerdo con precios y salarios con­trolados, (subsidios), pensiones, atención sanitaria con un sistema de recompensas y privilegios especia­les, con una estructura descontrolada tras la muerte de Trujillo. Es decir, la creatividad del ciudadano ja­más se premiaba, enseñándoles desde arriba que el Gobierno está dispuesto a sacrificarse por el pueblo, a cambio de que al cuarto año votaran por una deuda prestada. Eso provocaría aun más pobrezas. Nuestra economía desde 1940 no garantizaba siquiera un par de zapatos para cada uno de los ciudadanos. Con mucho mayor generosidad, el Estado, a tra­vés de los partidos, proporcionaba también educación. Visto sin pasiones, se podría de­cir sin exagerar, que este dato demuestra que no seremos una nación viable a me­nos que cambiemos el modelo económico actual.