Para alimentar el árbol…

Por Carlos Luis Baron martes 17 de julio, 2012

Hoy camino por las calles que me vieron crecer. Han pasado 12 años desde que partí rumbo a playas desconocidas. La vida, como siempre, se encargó de convertir un simple sueño en recorrido. Pasaba el tiempo – ese nunca perdona – mientras yo existía en un espacio que no me pertenecía. Pero mi alma se encontraba en Quisqueya: en sus calles, sus olores y su gente. En la puesta del sol sobre la Novia del Atlántico, y en el contorno que dibuja la cordillera al norte de la Ciudad Corazón.

Allí estaba yo, físicamente viviendo en la gran urbe del norte, pero con el espíritu anidado en mi patria. Aun así, continuaba mi diario vivir, debía de hacerlo, pues la vida no se detiene. A lo lejos entendí que, como ser humano, pequé al tomar por concedidas las pequeñas cosas que te regala la vida. Despacio, pero sigilosa, la costumbre apaciguó mi fervor y mi anhelo de todo lo que sabía ausente. Fue una especie de tranquilizante, ciertamente adormeciendo todo cuanto sentía. La vorágine de mis días en Norteamérica, sirvieron de precursora para dejarme envolver en la frivolidad que se desprende de una sociedad carente de fines intangibles. Pero aún cuando la oscuridad me embargaba, una tenue lumbre continuaba irradiando esperanza y calor en lo más profundo de mi alma. Era un grito a lo lejos, pero un grito al fin.

Así luego, la vida, la misma pirata que un día tejió sus hilachas para hacerme volar muy lejos, hizo magia con mis sentimientos escondidos. Me abrió la puerta y el camino – de una manera muy peculiar – para regresar a lo que tanto añoraba. Y, aunque fue difícil optar por dejar atrás tantas cosas forjadas a sangre y fuego, la realidad de encontrarme ante el propósito de vida que siempre había soñado, me avocó a no pensarlo dos veces: regresaría a Quisqueya.

Para muchos una locura – lo de regresar – pero no para mí. Estoy donde debía estar, donde Dios ha querido que esté y donde me apresto a emplear cada una de las cosas que “Gringolandia” me enseñó. Recuerdo que cuando marché lo hice con un saco lleno de sueños e ilusiones; regreso con una maleta llena de triunfos y fracasos, risas y llantos, pero más importante aún, con el hambre y la necesidad de alimentar el árbol…y ese no se alimenta con dinero, ni pertenencias, ni fama, ni glamour, ni puerilidades.

Y es que ese ha sido, acaso por encima de todo cuanto conseguí en “los países”, mi más preciado logro: entender que las cosas no se construyen de arriba hacia abajo. He aprendido que la vida sólo vale la pena cuando se emprende un camino único, intentado preñar “cada minuto con 60 segundos de recorrido meritorio”. Todo toma sentido cuando te arriesgas casi llegando a la locura, pero con el corazón henchido de amor y de buena voluntad. La vida toma color – toma sentido infinito – cuando lo intangible – eso que hueles, percibes, intuyes y sientes con el alma – principia a ser eje central de tu conjugación como ser humano; cuando dejas fuera el “yo” y abrazas al “nosotros”, cuando inicias a acumular riquezas no en inversiones, sino en el alma.

Y aquí estoy, de vuelta en Quisqueya, con nuevos sueños guajiros y un vendaval de ilusiones. Presto para la batalla, pues no puedo ser de otra manera. Pero por encima de todo, me siento vivo. Estoy donde pertenezco, donde reside mi corazón y por ende, donde está mi tesoro.

Para mí, no hay nada más valioso que cuando un ser humano regresa a sus raíces. Definitivamente esas raíces, conjugadas con las pequeñas cosas realmente valiosas en la vida, son el único aliciente imperecedero para el árbol dentro de cada uno de nosotros. He vuelto para alimentar mi árbol…