Patrimonio histórico nuestro sin dolientes

Por Carlos Luis Baron miércoles 6 de junio, 2012

La verdad es que, cuando los pueblos no tienen a quien importarles – verdaderos ciudadanos dolientes -, la situación se torna muy similar al caso de los hijos que no saben valorar el legado de los padres. Todo lo desbaratan y desperdician, como diciendo, “a lo que nada nos costó, hagámosle fiesta”. ¡Tremendo error!

En ese orden, las naciones que lucen desprotegidas, o desamparadas en tal sentido, como es el caso nuestro, siempre son objeto de las acciones politiqueras y desaprensivas, en las que incurren los principales actores dentro de esa disciplina, que siempre se encargan de dañarlo todo dentro de las mismas. Cuando no es que, enajenan gran parte de su patrimonio general, lo utilizan para reciprocar con sus acólitos, o con los patrocinadores de campaña.

Un caso que llama poderosamente la atención en esta República, fue esa iniciativa que se adoptó, de demoler la otrora residencia de Petán Trujillo, en la Ave. San Martín, Distrito Nacional, conexa a lo que fuera ayer “La Voz Dominicana”, que nunca debió haber cambiado su nombre.

Pues, la única referencia de aquel con respecto al general José A. Trujillo Molina, fue su decisión de haberle denominado así, y de llamarle tal cual su deseo, en alusión al país, amén de que él fue quien la construyó.

Y además, es en esta nación, donde siempre ha estado ubicado ese palacio radio televisor desde entonces, no lo han mudado para otra parte. Claro, eso parece que molestaba a algunos hipócritas, servidores del régimen, que probablemente mucho se beneficiaron de esas instalaciones a la sazón.

Lo más procedente era que, ¡ese patrimonio histórico nacional!, se le convirtiera en una estación estatal, dejándole su mismo nombre; y, se destinara exclusivamente, para difundir programas culturales, a través de la radio y la televisión. No permitir la politización de la misma, en términos de ser una fuente más de empleos para las llamadas “botellas públicas” en su mayoría; como tampoco, para ofrecer facilidades de comunicación a todos los acólitos y allegados a los oficialismos de turno.

Lo que debió haberse hecho con esa casa-vivienda, como parte del complejo fue, desde hace mucho tiempo, darle el mantenimiento debido; tratar de conservar su originalidad, e instalar allí un verdadero museo, dedicado a la radio televisora oficial, aunque se hubiera tenido que proceder a rescatar muchas de las piezas y objetos pertenecientes a la misma, que de seguro los han venido tomando ciertas personas, que han estado ligadas a dicha Estación, por alguna circunstancia o motivo especial, en calidad de “prestamos”, sin intentos de devolución.

Con la susodicha planta televisora, también correspondía haber tratado de conservarle sus características originarias; al igual que, el entorno mismo circundante, que hoy luce arrabalizado por completo, lleno de casuchas, sucio y basuras por doquier.

Toda esa área, aunque comenzara en un punto de demarcación clasista, en el marco de una buena administración estatal, y lógica nacionalista, tenía que haber sido declarada zona turística, para la exhibición de un patrimonio histórico-cultural de los dominicanos, partiendo del legado dejado allí por Petán Trujillo, al margen de los asuntos políticos, que fue el gran precursor por excelencia de la televisión nacional, en adición a sus importantes aportes en el ámbito artístico nuestro, hasta la desaparición del régimen dictatorial de su hermano, trabajo ese último que, muy pocos han querido, o podido emular en este país.

Según algunos moradores, y personas que trabajan por esa zona, en la edificación que se levanta donde vivía Petán Trujillo, lo que se pretende instalar es un instituto politécnico, lo cual sería un grave error, por lo infuncional del sitio para ese tipo de institución, en una avenida con un tráfico vehicular tan fluido, en adición a la gran cantidad de comercios existentes en la vecindad cercana, entre otras cosas.

Pero, como todo eso olía a los Trujillos, había que hacerlo así, para borrar más “imágenes recordatorias” de aquella época. Como tampoco, se podía perder la oportunidad de los negocios rentables que esa demolición y construcción inmediata, en tiempos de campaña electoral, y período de transición, de seguro proporcionarían.

¡Que gran país éste, señores!