Pedro Mir y Manuel del Cabral: dos poetas nacionales en Cristo Redentor

Por Carlos Luis Baron martes 5 de junio, 2012

Pedro Mir y Manuel del Cabral forman el dueto de poetas más celebrado y trascendental de la lírica dominicana contemporánea. El primero, por convertir episodios centrales de la historia dominicana en textos poéticos que reafirman y fortalecen la identidad nacional. El segundo, por la pluralidad temática, la riqueza lírica y la profundidad filosófica de sus versos, pensados como savia enriquecedora de la espiritualidad y la conciencia social del ser humano.

Mir y del Cabral son dos poetas temáticamente disímiles, compararlos es un fastidio innecesario. El texto cabraliano más cercano a la orientación político-social del discurso poético miriano, es “Compadre Mon”. En Mir predomina lo circunstancial, su caudal creativo es monotemático y recurrente. Cada poema importante suyo brota de un momento específico del acontecer político nacional.

“Hay un país en el mundo” retrata, por un lado, la desgracia del campesino labrador dominicano a quien la escasez de tierra para el cultivo agrícola le cercena la posibilidad de subsistencia y, por el otro, la mendicidad del obrero de la caña, causada por la injusticia de una corporación poderosa que no recompensa jamás su servicio. “Amén de mariposas” es la reacción del poeta al asesinato de las hermanas Mirabal ordenado por el dictador Rafael Leonidas Trujillo, hecho que, desde su perspectiva poética, anunció el desplome de la dictadura trujillista.

“Portaviones intrépido” es transmisor del oportuno “Go home yankis” del pueblo dominicano a las tropas norteamericanas que invadieron el país en 1965. “Ni un paso atrás” alienta a los combatientes revolucionarios dominicanos de 1965, tanto soldados como civiles, a mantener firme su ansia libertaria. En “El huracán Neruda”, su poema más desacertado y menos celebrado, Mir evoca la trascendencia de la poética nerudiana, al tiempo que reflexiona sobre la causa que precipitó su partida del espacio terrenal: la muerte del presidente chileno Salvador Allende. La poesía de Mir es una extensa y permanente elegía a una Patria que él prometió desvelarnos “Cuando hayan florecido los camellos en medio del desierto”.

El legendario “Compadre Mon”, como ocurre en la generalidad de los versos mirianos, huele a pueblo también. Mir desliza sus ojos por la línea solar que iluminará la Patria, del Cabral siembra esa misma Patria de árboles con raíces imperecederas. He ahí los nexos que los asemejan en cuanto al ejercicio de una poética equilibrada.

El universo poético cabraliano se bifurca por senderos múltiples, y alcanza dimensiones superiores cuando es tocado por la magia de sus huéspedes que se llaman repetidas veces hasta encontrarse a sí mismos; cuando sus soldados se auto vigilan para conservar su vitalidad y su secreto, y también para reflexionar sobre la razón de su existencia; cuando sus negros resbalan hasta escaparse de la asfixiante realidad que los ahoga. Esa visión totalizadora que trasciende lo meramente político para ganar lo humano, le permite a del Cabral repartir versos por doquier hasta "derribar las bestias que viven en su sangre desde el origen"(1) o hasta dejar que "las palabras líquidas corran como un látigo" para salvar a la humanidad de las bestias que la hostigan.

Tampoco se abastecieron en las mismas fuentes y modelos literarios. El aliento político y social de la poesía de Mir es más afín al clamor del “América no invoco tu nombre en vano” nerudiano, que al “yo” plural whitmaniano al que muchos estudiosos le adjudican a su obra. En Whitman, contrariamente a Mir, la sed de democracia es egocéntrica; es decir, apunta a la individualización del sujeto. De ahí que por él “fluyan sin cesar todas las cosas del universo” y “todo haya sido escrito para él”.

Cabral, en cambio, además de heredar el tono nerudiano de Canto general y Residencia en la tierra, prefirió asociarse al César Vallejo de la desgracia inmerecida, al que enferma a Dios para liberar a los mortales del mito recalcitrante de lo improbable. También evoca al Nicolás Guillén que revuelve al negro con el blanco para engendrar, entre caña, azúcar y explotación, el mestizaje certificador de la antillanidad. Otra tarea suya es desatar los nudos que imposibilitan la concreción de amores enlazadores de pasiones coexistentes.

Son mayores las coincidencias personales que las literarias entre Mir y del Cabral. Sus biografías contienen notables similitudes: cronológicamente pertenecen a la misma generación; la historiografía literaria criolla los sitúa en el grupo llamado “Independientes”; vivieron muchos años fuera de la República Dominicana; produjeron sus textos fundamentales en el extranjero y ambos son receptores del Premio Nacional de Literatura. (2) Sin embargo, sus seguidores han creado un distanciamiento abismal entre ambos.

Disgustado por las atrocidades del dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina y temeroso de la maquinaria represiva que sustentaba su régimen, Pedro Mir se autoexilia en Cuba en 1947 y regresa a la República Dominicana en 1962,(3) logrando, con su retorno, tocar rápidamente la sensibilidad política de la juventud de entonces, que encontró en su poema “Hay un país en el mundo” materia prima para la lucha revolucionaria y la consecución de las libertades civiles reclamadas por el pueblo dominicano luego del ajusticiamiento del tirano. También las aulas de la Universidad de Santo Domingo (4) les sirvieron de bastón para afianzar su carisma entre sus contemporáneos.

Manuel del Cabral no exhibe una carta de presentación tan alentadora como Pedro Mir con respecto a su partida hacia el extranjero. En 1938 viajó a New York de polizonte en un barco de carga, no por presiones políticas, sino por un acto de rebeldía familiar. Su padre, Mario Fermín Cabral, deseaba que él siguiera la carrera de abogado en la universidad; Manuel, por su parte, quería explorar el mundo de la creatividad literaria.

Tres meses después de su arribo a New York, mientras se desempeñaba como limpiador de ventanas en los rascacielos newyorquinos, su progenitor logró colocarlo como secretario de la Embajada Dominicana en Washington. Así inició una exitosa carrera diplomática que se extendió por casi tres décadas. Representó al país en Bogotá, Lima, Panamá, Chile y Argentina. Su carrera diplomática fue definitoria para el desarrollo de su obra poética, ya que su peregrinaje por América Latina y Europa le ofreció la posibilidad de conocer diferentes culturas y de entrar en contacto con muchas de las voces poéticas latinoamericanas y europeas más importantes de entonces.

La adhesión de su progenitor (5) al gobierno de Trujillo y las funciones diplomáticas desempeñadas por él definieron el espacio social donde lo ubicarían sus compatriotas a raíz de la caída del dictador. Además, las cuatro décadas que residió en el extranjero, lo extrajeron de la memoria de los dominicanos. En consecuencia, cuando retornó a Santo Domingo, a mediados de los 70, pese a ser un poeta importante y celebrado en América del Sur, en su país era un gran desconocido.

De vuelta a la República Dominicana, Pedro Mir fue aclamado por amplios sectores de la sociedad dominicana. Sus poemas, especialmente "Hay un país en el mundo" y "Amén de mariposas" fueron musicalizados, interpretados y estudiados por pintores, dibujantes, teatristas, músicos, declamadores y críticos literarios locales y extranjeros. Él mismo los leía ante grandes multitudes, a las que arrancaba extensos y efusivos aplausos.

Manuel de Cabral, en cambio, llegó silencioso y apagado, como quien desembarca de madrugada en un puerto ignoto para que nadie registre su regreso. Poco cambiaron las cosas después de su retorno. Sigue ignorado por la crítica criolla, desconocido por los consumidores de buena poesía y escasamente reeditado por las editoras criollas. Algunos recitadores de poesías de tema negro muy eventualmente incluyen un texto suyo en su repertorio.

En “Un minuto más con Manuel del Cabral” (6), el notable narrador Pedro Peix, al referirse al desplante que recibió del Cabral de parte de su pueblo cuando nadie asistió a una lectura poética suya organizada por la Biblioteca Nacional poco después de su regreso de Argentina, acota: “Manuel del Cabral sobrevivió al silencio de su país, al desdén de su generación, a la befa de sus contemporáneos y a la mordacidad soterrada con que muchos mediocres a tiempo completo lo trataban”.

Es insensato enfrentar a dos poetas que comparten el mismo terruño solo por sus ideologías políticas opuestas, cuando de ellos lo más valioso es la dimensión y la intensidad desbordante de su poesía. Esa rivalidad, creada deliberadamente por escritores, intelectuales y seguidores de ambos vates, creció aún más cuando el Congreso Nacional de República Dominicana declaró a Pedro Mir Poeta Nacional. Ello ocurrió el 5 de octubre de 1982, cuando el presidente de la Cámara de Diputados, Hugo Tolentino Dipp, firmó una resolución mediante la cual se le otorgó a Pedro Mir el título de Poeta de la Patria, es decir, Poeta Nacional. La petición, sometida al Congreso por el poeta y entonces diputado Tony Raful, reza en uno de sus considerandos: "Es un poeta dominicano en que se dan cita simultáneamente las condiciones que establecen las bases de una conciencia social latente, la defensa del destino promisorio y libre de la nación y la genuina y absoluta observancia de una poesía depurada y exquisita".

A raíz de esa decisión gubernamental, muchos admiradores de Manuel del Cabral manifestaron públicamente su descontento argumentado que era él quien merecía la dicha distinción. El propio Manuel del Cabral no ocultó su indignación al ser abordado por la prensa dominicana sobre la elección de Pedro Mir: “Me parece muy bien que lo hayan nombrado Poeta Nacional de la República Dominicana, yo soy el poeta de América”, respondió tajantemente.

Quien conoce la bibliografía pasiva del autor de Compare Mon concluirá que Del Cabral apoyó su respuesta en la fuente documental que solidificó su prestigio y fama de buen poeta hispanoamericano: la obra Cabral, un poeta de América, publicada en 1955 por el escritor y crítico argentino Manuel Ugarte.

Manuel del Cabral falleció el 14 de mayo de 1999. A su sepelio, sin ceremonia oficial alguna, asistieron sus amigos, familiares, colegas del oficio poético y escasos funcionarios del gobierno ligados a la cultura. “Con la muerte de Manuel del Cabral me duele la poesía en todo el cuerpo; me duelen sus infames detractores; me duele la ignorancia lastimera de los sabios estériles en la erudición artera”, escribió el poeta José Mármol poco después de su fallecimiento.

Pedro Mir, partió del mundo terrenal el 11 de julio del 2000 y fue despedido solemnemente. El Estado dominicano ordenó tres días de duelo nacional mediante el decreto No. 308-00. Su cadáver fue expuesto en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en el Palacio Nacional y en el Congreso Nacional. Una comisión oficial se encargó de los actos fúnebres y del sepelio.

Validando el principio religioso y popular de que con la desaparición física terminan las nimiedades de la vida terrenal, la disputa entre estos íconos de las letras criollas por el título de Poeta Nacional debió terminar, pero nunca ocurrió así.

Por azar del destino, o por ser el Cristo Redentor el cementerio hábil más utilizado en Santo Domingo al momento del fallecimiento de ambos poetas, los dos reposan en el mismo camposanto. La tumba de Manuel del Cabral está a la entrada del cementerio, en el extremo izquierdo (7), a la vista de los transeúntes. La de Pedro Mir está en una zona de difícil acceso, ahogada por numerosos panteones que dificultan su hallazgo. A ella solo se puede llegar guiado por alguien familiarizado con su ubicación. Muchos seguidores de Pedro Mir argumentarán que Manuel del Cabral le arrebató el espacio geográfico que su condición de Poeta Nacional oficial demanda en el cementerio.

La tumba de Pedro Mir no especifica que él obtuvo Premio Nacional de Literatura en 1993. La de del Cabral, quien recibió el mismo galardón un año antes que Mir, en 1992, sí. El sepulcro de Mir tiene como epitafio cuatro versos de su emblemático poema “Hay un país en el mundo”:

Después no quiero más que paz,

Un nido de constructiva paz en cada palma…

No te vas en un enjambre de besos,

Te quedas en el recuerdo imperecedero…

El de del Cabral está huérfano de epitafio. Uno excelente sería: "Hay muertos que van subiendo /cuanto más su ataúd baja", de su poema "Aire durando", cuyo contenido alude a la perennidad de la vida. Pero Del Cabral, como buen lector que fue de Guy de Maupassant, posiblemente nunca creyó en la falacia de los epitafios ni tampoco en la purificación del alma después del aniquilamiento del cuerpo. Tal vez por eso no tiene uno.

Lo curioso, insólito y posiblemente inimaginable por muchos, es que tanto en la tumba de Mir como en la de Cabral aparecen, bastante visibles, la inscripción “Poeta Nacional.” Aquí la rivalidad adquiere otra dimensión, pues ya no se trata de un reclamo exclusivo de los admiradores de Manuel del Cabral. Lo es también de sus familiares, que colocaron dicho texto lapidario. Es decir, un conflicto que pudo haber finalizado al morir sus protagonistas, ha trascendido y continuado después de la muerte.

En la lápida del escritor y humanista francés, François Rabelais (1494-1553) se lee: "Que baje el telón, la farsa terminó". Deduzco que a los sobrevivientes de Manuel del Cabral no se les ocurriría jamás imprimir en el espacio lapidario de su pariente la sentencia de Rabelais. Esa, sin embargo, habría sido una solución poética genuinamente saludable, dado que cerraba una rivalidad innecesaria por un título de Poeta Nacional, fomentada por individuos con intereses políticos superiores a su aprecio a una producción literaria trascendental para el acervo cultural dominicano.

Sobra decir que la obra poética de Manuel del Cabral tiene estatura suficiente para honrar a cualquier nación del mundo. En lo que a mí respecta, prefiero abogar por la felicidad supraterrenal del poeta, a permitir que se nos diluya en comparaciones banales.

Poco importa que Pedro Mir sea el Poeta Nacional oficial, y Manuel del Cabral el bardo despojado del título por la oficialidad, según sus admiradores. Tampoco importa que el cementerio Cristo Redentor, sin tener la potestad del Congreso Nacional ni el poder demandante de la voz del pueblo, haya satisfecho el reclamo de quienes les atribuyen a ambos del derecho de ocupar el mismo espacio en el parnaso criollo. Lo importante es que los dos son nuestros y que sus versos, premonitorios y desafiantes, habitarán permanentemente en el recuerdo de su generación y de las generaciones venideras.

Notas:

[1] Obra poética completa de Manuel del Cabral. Santo Domingo: Editora Alfa & Omega, 1987: 294.

2[1] Manuel del Cabral fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1992. Pedro Mir, por su parte, lo recibió en 1993.

3[1] En el transcurso de esos tres lustros Mir vivió en México, Guatemala y Cuba, y publicó dos de sus más celebrados poemas: “Hay un país en el mundo” (La Habana, Cuba, 1949) y “Contra canto a Walt Whitman” (Guatemala, 1952).

4[1] Fue profesor de Estética, Historia Dominicana e Historia del Arte en dicha universidad.

5[1] Mario Fermín Cabral fue Senador de la República y Presidente del Ayuntamiento de Santo Domingo. También, en 1935, fue el autor del proyecto de ley que cambió el nombre de Santo Domingo por Ciudad Trujillo a la capital dominicana.

6[1] “Un minuto más con Manuel del Cabral” es un artículo memorable publicado por Pedro Peix en la revista Mercado. En este, Peix expone la indiferencia y el desdén que padeció Del Cabral de parte de sus compatriotas luego de su retorno a República Dominicana.

7[1] La tumba de Manuel del Cabral está próxima a la de su yerno, el líder político José Francisco Peña Gómez, en el cementerio Cristo Redentor.

8. La foto de Pedro Mir que aparece en este artículo fue tomada en el 2008. Actualmente la tumba de Pedro Mir está en estado de abandono total.