Periodismo y política ¿cuándo no?

Por Carlos Luis Baron miércoles 25 de julio, 2012

Al calor de una interesante conversación, escuche -casi de refilón- a un amigo de prosa impecable decir que “….en el país no hay, o no se hace, periodismo de opinión….” (me imagino -quiso decir- que en un sentido estricto que implica investigación, según otro amigo). La sentencia venida de su inteligencia y experiencia, se me ha quedo zumbando en el oído cual mosquito molestoso. Tal vez, mas adelante, valga inquirir -al amigo- sobre el alcance del juicio.

Sin embargo y en abono, sí es bastante evidente que el diarismo nuestro está excesivamente plagado de: periodista político (unos abiertos y otros solapados), saturado de análisis y enfoques políticos, de lenguaje o discurso político; y si se quiere, también, de monopolio periodístico y de bien tipificado bandos políticos mediáticos.

Un ejemplo elocuente de que la política ha asaltado al periodismo (o viceversa), es que por un lado, la oposición política en el país mas que de propuesta institucional-racional, es furibunda-mediática, y lo peor, ejercida a través de terceros (periodistas), o cuando no, de agitadores-periodistas sin jerarquía ni estatura política-doctrinaria. Por lo mismo, casi siempre es un vocero de un candidato, o de un grupo de un partido político que, de todas formas, no habla ni expresa el sentir del todo (el partido).

Ahora mismo, para ser gráfico, se está dando una suerte de match mediático-político (implícito e impersonal) de lo más interesante. Por un lado, está Juan TH que en su papel de agitador-periodista-político defiende a capa y espada a Hipólito Mejía (su jefe político) y al PPH. Del otro lado, aunque no del todo político, el periodista y embajador César Medina, que ha asumido la defensa de Miguel Vargas Maldonado, amparado en lazos de amistad y conocimiento de causa (conoce los intríngulis de ese enfrentamiento).

Al margen de cualquier juicio de valor al respecto, queda claro que la política y el periodismo, en nuestro país, andan junta o reburuja, y el partido, gobierno, o candidato huérfano de presencia mediática -hasta tanto no se separe una de la otra (¿sucederá?)- no llega ni de aquí a la esquina.

De todas formas: no es baladí ni deja de tener pertinencia el asunto: ¿hay periodismo de opinión, o no?

El debate está planteado: digamos cuándo se hace periodismo de opinión y cuándo se hace pura propaganda política. Por igual, ¿qué papel juega -si es que juega alguno- la ética y la honestidad intelectual en el asunto?

O finalmente, será lo que sospecho (desde hace tiempo): que el ñamerismo y el borreguismo se hicieron doctrina y filosofía en la política. ¡Que desgracia!