Política y ética

Por Carlos Luis Baron domingo 3 de junio, 2012

Cuando leí por primera vez “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, comprendí que el inalcanzable Duarte de Balaguer (“El Cristo de la libertad”) era una utopia literaria rosa. Luego, Margarite Yourcenar con “Memoria de Adriano” y Stefan Zweig con “El genio tenebroso”, me hicieron dudar y desde entonces -para mí- la actividad política (en todo el mundo), no la política como ciencia y arte, es mitad prostituta y mitad voluntad oculta, que sí procura el bien colectivo, se hace voluntad política-paradigma como por ejemplo: Gandhi, Mandela, Juan Bosch.

¿Cuál fue el signo vital de esos líderes? Sabiduría, despojo material y un norte invariable: el bien común. No hubo en ellos -y aunque Mandela aun viva como una bendición-símbolo- ninguna otra voluntad suprema que aquella de vindicar a sus pueblos. ¿De que estaban hechos? Sin duda, de carnes y huesos, de virtudes y defectos; pero jamás de ambiciones personales ni de las tentaciones que incita al poder para avasallar y hurtar.

De modo que es un mito eso de que el poder transforma y corrompe a los hombres. Mentiras. Los hombres se corrompen, se transforman y hurtan, cuando llegan al poder precedido y convencido de una intima y siniestra filosofía: la de la simulación y la del goce del poder por el poder. Porque ¿qué fueron Mussolini, Stalin, Hitler, si no, engendros diabólicos de una fijación enfermiza por el poder?

A propósito -y para irnos a otro extremo mas excelso-: ¿qué puede hacer y exhibir -a partir del 16 de agosto- Danilo Medina para convertirse en un presidente Ético, como él aspira? Sencillo: empiece nombrando a hombres probos, que los hay en el PLD y en la sociedad. No se detenga mucho en el currículo profesional-académico de cada uno de ellos, sino, en su hoja de vida pública-ciudadana.

Sobre todo, dar oportunidad a los jóvenes, y acompáñese también de una pequeña dosis de experiencia; pero asesórese de que no sean viejos zorros curtidos en el oficio de estar con Dios y con el Diablo. Esos abundan y son muy aferrados.

Y usted presidente, suprima gastos superfluos de la administración pública y, en correspondencia, sea excesivamente avaro y no dado, con los fondos públicos, cuando se trate de obras suntuosas (generalmente, rechácelas de plano), pero sea, excesivamente derrochador para conjurar la exclusión social y saciar el hambre de los desposeídos preferiblemente de ancianos y niños/as.

Haga micro-gobierno y empléese a fondo a desparramar (es uno de sus ejes prioritarios programáticos), equitativamente, cada centavo por toda la geografía nacional en procura del desarrollo integral del país. También y paralelamente, sea implacable con la corrupción pública y privada (nombre un zar anti-corrupción, para ello solicite la colaboración patriótica de un roca izquierda probo e incorregible, que al primero que amague cogerse lo ajeno, lo arqueé y si no queda claro: “pa’ la chirola” y la confiscación sumaria: ¡Negro Veras!), y con la delincuencia organizada. Por igual, prefiera el exceso de libertades públicas a suprimirlas.

Finalmente, respete la Constitución y las leyes. Porque sólo así cumplirá su aspiración de ser un presidente Ético. Y podrá lograr la convivencia sana entre la política y la ética. Que por más que se dude y se desdiga, es posible. ¿O acaso, Juan Bosch, no lo demostró?