Porque el Washington apoyo a las FFAA luego del Golpe del 63 y después a Balaguer después de la invasión del 1965?

Por Carlos Luis Baron jueves 12 de julio, 2012

Con su habitual realismo, Balaguer introdujo la nue­va política económica a partir de 1966 lo que significa­ba en la práctica el restablecimiento del mercado y su­ponía una retirada del populismo de guerra al capita­lismo de estado. Fue en ese mismo momento en el que la economía dominicana ya de por sí retrógrada había quedado reducida al 10 por ciento de su tamaño de antes de la guerra de abril (1965) cuando la necesidad de proceder a una industrialización masiva mediante la planificación estatal se convirtió en una prioridad para los norteamericanos. Y, aunque los organismos de "inteligencia" del Estado desmantelaron el "terrorismo urbano" el control y la coacción del Estado siguió sien­do el único modelo conocido de una economía en que propiedad y gestión eran un pecado.

La electrificación de la República Dominicana tenía como objetivo la modernización tecnológica, pero la planificación estatal tenía objetivos más generales y continuó existiendo con ese nombre hasta el fin de la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE), utilizada sin contemplación para enriquecer a grupos económicos alrededor de los parti­dos políticos, sin excepción.

Nuestros antepasados se convertirían en "inspirado­res" de todas las instituciones estatales de planificación, o incluso de las dedicadas al control macroeconómico de la economía de los Estados del siglo XX y XXI. En los círculos de poder de los partidos políticos nacionales la democracia fue un tema de acalorada discusión. En la República Dominicana de los años setenta – el debate en las calles continuo – y volvió a serlo en los años de Balaguer, a principios de 1970, pero por la razón contraria. En los años sesenta se veía ve­nir una derrota de la derecha de San Isidro, o por lo menos como una desviación en la marcha hacia la izquierda, fuera del camino principal, al que era necesario regresar de un modelo a otro.

Los radicales, agrupados tanto en la derecha de los hombres de empresa como en la izquierda foquista, querían romper lo antes posible con el sistema y emprender una campaña violenta acelerada, que fue la política que acabó adoptando Joaquín Balaguer (1966-1978).

Los moderados, que habían dejado atrás el ultra radicalismo de los años sesenta, eran plenamente conscientes de las limi­taciones políticas y económicas con que el sistema de partidos políticos tenía que actuar en un país más dominado incluso por la agricultura, que antes de la revolución, y eran partidarios una transformación gradual. Bosch, no puedo expresar adecuadamente su punto de vista – de frente a la oligarquía – y sobrevivió solamente hasta finales de 1980 pero, mien­tras pudo hacerlo, parece haber sido partidario de la postura gradualista. Por otro lado, las polémicas entre Balaguer y Bosch- en los años ochenta- eran análisis re­trospectivos en la busca de una nueva alternativa en la historia social, una vía hacia una sociedad diferente de la que, ambos se habían propuesto.

Esta polémica es hoy en día irrelevante. Si miramos hacia atrás podemos ver que la justificación original de la  decisión de establecer un gobierno democrático en Santo Domingo desapareció cuando los sindicatos, y el "proletariado" lumpen no consiguieron adueñarse de República Dominicana. Y lo que es peor, República Dominicana, tras la guerra civil se encontraba en ruinas y mu­cho más atrasada que en la época de los trujillistas.

Es cierto que Trujillo, y la "nobleza", grande y pequeña, ha­bían desaparecido, incluso, hasta la celebración cada año del 30 de mayo.  Culturalmente hablando, el estado continuaba siendo trujillista. Cerca de un millón de personas emigraron del país privando de paso al Estado domini­cano de una gran proporción de los cuadros más prepara­dos y también desaparecieron el desarrollo industrial de la época trujillista y la mayor parte de los obreros que formaban la base sociopolítica del "Partido Domi­nicano" muertos o dispersados por la revolución y la guerra civil, o trasladados a las oficinas del Estado y de los partidos.

Lo que quedaba era una nación todavía más anclada en el pasado. La masa inmóvil e inalterable del campesi­nado – en las comunidades rurales restauradas – a quie­nes la revolución había dado tierras, o mejor, cuya ocu­pación y reparto de la tierra se había aceptado como el precio necesario de la victoria y la supervivencia. En muchos sentidos, la edad de oro para República Domi­nicana jamás ha llegado. Por encima de la masa estaba el personalismo. De manera que Balaguer, Bosch y Pe­ña Gómez apenas representaban a nadie – en el término sociológico de la palabra- tal como lo reconocerían más tarde, con su lucidez individual y habitual, donde todo lo que el "partido" tenía a su favor era el hecho de ha­ber sido "alguien" y eso significaba un verdadero éxito en sus concepciones políticas particulares.

Con toda probabilidad, de continuar siendo, el go­bierno, "aceptado" y "consolidado" el país, nada más, era necesario. Aún así, lo que gobernaba de hecho el país era una élite de burócratas grandes o pequeños,- apoyados militarmente por el Ejercito Nacional y la CIA- cu­yo nivel medio de cultura y calificaciones era aún más bajo que antes. ¿Qué opciones tenían los gobiernos do­minicanos y los capitalistas extranjeros del FMI preocupados por los activos y las inversiones de Wall Street en el país? Balaguer tu­vo un relativo éxito en su empeño de restaurar la econo­mía dominicana a partir de estado ruinoso en 1966. Al llegar los años setenta la producción dominicana se ha­bía recuperado sustancialmente de lo que era, aunque eso no quería decir mucho.

La población dominicana seguía siendo tan abrumadoramente rural como en 1900 y de hecho sólo el 12.5 por ciento de la población trabajaba fuera del sector agrícola. Lo que el campesino quería vender a las ciudades, lo que quería comprarles, la parte de sus ingresos que quería ahorrar, y cuantos, de los muchos millones que habían decidido  alimentarse, a sí mismos, en los pueblos, antes de enfrentarse a la miseria en la ciudad, querían abandonar sus conucos.

Todo era determinante para el futuro económico de Re­pública Dominicana, pues, a parte de los ingresos esta­tales en concepto de impuestos, el país no tenía otra fuente de inversiones y de mano de obra.

Dejando a un lado las consideraciones políticas, la continuación de la democracia representativa del Siglo 21, con, o sin enmiendas constitucionales,  había producido en el mejor de los casos un ritmo de progreso modesto. Además, hasta que hubiese un de­sarrollo industrial mucho mayor, era muy poco lo que los campesinos podían comprar en las ciudades y que podían tentarles a vender sus excedentes antes que los intermediarios de los  supermercados y de las haciendas los obligaran a comérselos y bebérselos en los pueblos.

Este hecho sería la soga que acabaría estrangulan­do la democracia electoral. Cuarenta años después, circuns­tancias socio políticas y económicas similares ponen en juego el estado de dere­cho en nuestro país, desestabilizando la productivi­dad. Hoy, aun cuando no es nuestra intención anali­zar el proceso actual, los trabajadores y las clases medias deben estar pregun­tándose por qué deben aumentar su salario real si de todas maneras la economía dominicana no les produ­ce artículos de consumo para comprar con esos au­mentos salariales. Este sencillo dato ilustra la posible desintegración de la tradicional y oligárquica democracia dominicana. Pero, ¿Cómo podían producirse esos artículos de consumo a menos que los trabajadores criollos au­mentasen la productividad?

Por consiguiente, no resulta muy probable que nuestra democracia lograra un crecimiento económi­co equilibrado basado en una economía agrícola de mercado dirigida desde arriba por el Estado. Para unos regímenes comprometidos con el clientelismo, en todo caso, los argumentos en contra son contun­dentes. Las escasas fuerzas dedicadas a la construc­ción de la sociedad quedaron a merced de la producción de mercancías en pequeña escala y de la pequeña empresa, que acabaron re­gresando al monopolio del capitalismo, que la revolu­ción acababa de "derrocar", y sin em­bargo, lo que hizo vacilar a los partidos políticos tradicionales era el costo pre­visible de la derrota.

De manera que la industrialización forzosa impli­caba una segunda revolución económica, pero es­ta vez no desde abajo, sino impuesto por el poder del FMI al Estado, desde arriba. Balaguer, quien presidió la era del "boato" y la lisonja fue un autócrata feroz, con aptitud hacia la manipulación excepcional o, a decir de mu­chos, únicas. Pocos hombres han sumido la persona­lidad dominicana en tal escala. No cabe duda de que bajo su liderazgo de alguna manera los sufrimientos del pueblo dominicano aumentaron.

No obstante, cualquier política de modernización acelerada de Santo Domingo, en las circunstancias de la época, ha­bía resultado correcta, aún despiadada con sus oposi­tores ideológicos, imponiendo en contra de la mayo­ría de la población- a la que condenaba a grandes sa­crificios- impuestos en buena medida por la coacción. La economía de dirección centralizada responde me­diante los "planes" de llevar a cabo esta ofensiva industrializadora y estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica.

 Por otro lado, al igual que sucede con las empresas militares que tienen legitimidad moral popular, la búsqueda salva­je de los planes de desarrollo, ganó apoyo gracias a la irracionalidad apasionada que impuso la colectivi­dad. Con toda certeza, por difícil que resulte de creer, nuestro sistema político convirtió a los pobres en sier­vos o dependientes de un sistema sin rumbo.