Primera verdad sagrada: “Todos somos uno”

Por Carlos Luis Baron martes 3 de julio, 2012

Es indudable que, habemos muchas personas que nos gusta estar escudriñando sobre intrincados asuntos de corte divino propiamente, para en adición a saber, luego estar exponiendo a los demás, creyéndonos muchas veces, que las conclusiones finales a que arribemos podrían ser asimiladas por gente que no alcanza a comprender ni siquiera los preceptos clásicos en que se sustentan las religiones convencionales; que es adepta a las mismas por compromiso, o simple cumplimiento de orden social. ¡Tenemos que discriminar y reflexionar bien sobre esa segunda parte!

Algunos, nos denominamos esoteristas, metafísicos, espiritistas, etc., La denominación que más llama la atención, por supuesto, es la segunda – los que tratan de investigar sobre los fenómenos que propiamente se originan fuera del plano físico -; pero que, es algo que también lo hacen los demás, ya que es el ámbito desde donde provienen en realidad, los efectos de todas las causales que han sido sembradas en el planeta Tierra.

A nuestro humilde entender, la real connotación de cuanto desde allí puede provenir, u originarse, está en la base de todas las creencias filosófico-religiosas que existen. Pues, la totalidad de las concepciones en ese orden, siempre se ubican en el contexto del Universo inmanifiesto. De ahí que, cualquier autodefinición particularizada luce inaplicable, a nuestro juicio.

Todos en verdad somos metafísicos, incluyendo los pertenecientes a las mismas religiones exoteristas, con aspiraciones de alcanzar el llamado “paraíso”, o liberarse del “fuego del infierno”, lugares que entienden situados fuera del ámbito terrenal. La clasificación grupal así entendida, se parece mucho a: “Testigos de Jehová”. Todos los hombres, de alguna manera u otra, testifican en el planeta Tierra sobre “Él”, ya que es la esencia de la creación misma de éstos.

Pero, continuando con las indagatorias, y las exposiciones públicas, a través de medios que no permiten hacerlo con suficiente nivel de detalles, se debe tener un poco de cuidado con los conocimientos que se logre aprehender, y luego exponerlos, para no confundir más, en vez de edificar, como es lo que en el fondo se pretende, tomando muy consideración los diferentes niveles de conciencia espiritual encarnados. ¡No todos permiten asimilar por igual!

Aunque guardando las distancias, como se debe hacer, en términos de maestro y tiempo, con respecto al amado Jesús, y su ministerio como Jesucristo después, en aquel entonces, el mismo sólo se limitaba a decir todo cuanto podía trascender hasta la humanidad generalizada. No le estaba permitido ir más lejos, para no crear mayores confusiones, y quizás hasta otras cosas, como incredulidad, o razones para no seguirle.

Decía el Mesías, “No deis los santos a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdo, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os desperdicien”, perlas de sabiduría a nuestro entender, (S. Mateo 7-6), Sagrada Biblia. También, en Capítulo 13, versículos 11 y 13, (razón de las parábolas) “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado”. Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyen y no oyen, ni entienden”. ¡Decir algo más sobraría!, en cuando a qué debía dejar saber, refiriéndose a los segundos, los no aptos.

En consecuencia, lo que hemos logrado investigar un poco, y comprender lo que está al alcance de la mente humana, que ha contribuido a expandir nuestra Conciencia Crística, parcialmente, ya que las cosas divinas, aunque se estudien, sólo se aprenden viviéndolas, debemos tratar de retransmitir los conocimientos alcanzados hasta cierto punto. Incluso, tratando de utilizar el lenguaje más manejable posible por el común de las personas.

Nosotros creemos que, hacia donde más debería estar dirigida la intención edificatoria, siempre que se incluya el común de la gente, en términos de la evolución humana necesaria, como forma de orientar es, a la posible comprensión y asimilación, hasta donde lo permita el nivel de conciencia espiritual logrado por cada cual, de la concebida primera verdad sagrada, de gran consenso entre todos los esoteristas más connotados: “Todos somos uno”.

En esa máxima está todo dicho. Ese Uno es el Gran Arquitecto del Universo”, que se multiplica y se mantiene; siendo todos y cada uno de los seres humanos, como la totalidad de las especies que se encuentran sobre la faz de la Tierra, un fragmento de Ése, con un determinado grado de su Conciencia, transitando todo un sendero de evolución, manifiesto divino, hasta estar de regreso definitivo a la Fuente de origen. “Todos somos afluentes del mismo Río”.

Y, es en función de eso que debemos pensar y actuar, teniendo siempre presente que nuestros pensamientos, emociones, vibraciones, o flujos energéticos vertidos, nos habrán de afectar a todos por igual. Por eso además, el mandamiento aquel que dice “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, una sentencia resumida, (Romano 13-9). También que, el servir al Universo sea la más grande obra de carácter evolutivo, agregaríamos nosotros.

Para aquellos que no les gusta buscar mucho, que no escudriñan, que no se esfuerzan por aprender sobre su verdadera esencia, su naturaleza intrínseca, tratar de concienciarse sobre esa gran realidad, ¡irrefutable!, no tienen que ir tan lejos, ni complicarse tanto la vida, sólo tienen que meditar con atención sostenida sobre el contenido de los versículos 1-3, Capítulo I, libro de S. Juan, Sagrada Biblia.

Desde ahí se puede arribar a la conclusión de que, Todo cuanto existe no es más que, “Dios Mismo en manifestación”, el Uno; que, “El Verbo que fue en el principio, y que estuvo ConMigo, fue por tanto, no sólo una Idea, sino más todavía: Mi Idea de Mi Mismo EN EXPRESIÓN en un nuevo estado o condición, que tú llamas vida terrena”. Así es como se señala en la obra de un connotado autor (Joseph Benner). Cuando dice, “que tú llamas vida terrena”, se refiere al hombre mortal.

Luego, a dejar de lado todas las actitudes y pretensiones de carácter egotista; procurar ver en los demás a nosotros mismos; y, observar siempre la llamada regla de oro. “No proceder con los otros, como no nos gustaría que se hiciera con nosotros”.

Finalmente, estudiemos e investiguemos, para aprender en principio, y edificar luego por las vías más propicias, a cuantos no les se posible hacerlo, o simplemente no quieran, ya que hay muchos que temen a lo desconocido. Pero, siempre tomando muy en consideración el medio, auditorio, o escenario receptor. Procurando que, nunca se vea la instrucción posible, nada más que, como una forma de ostentar.

¡Sólo para reflexión!

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