Razones instrumentales de la sociedad civil en el escenario de la lucha política dominicana

Por Juan Carlos Espinal martes 17 de julio, 2012

La transformación de un país – en buena parte analfabeto – en la moderna Repú­blica Dominicana, fue un logro gi­gantesco, para los millones de al­deanos, para los que incluso en los momentos más difíciles, el desarro­llo dominicano representaba la aper­tura de nuevos horizontes, una esca­patoria de oscurantismo y la ignoran­cia hacia la ciudad, la luz y el progreso, por no hablar de la promoción personal y la posibilidad de hacer carrera. Los argumen­tos a favor de la nueva sociedad resultaban con­vincentes. Por otra, tampoco conocían otra. Sin embargo, este éxito no se hizo extensivo a la agricultura y a quienes vivían de ella, ya que la indus­trialización se hizo a costa de la explotación del cam­pesinado. Poco se puede decir a favor de la política agraria gubernamental, salvo, tal vez que los campesi­nos no fueron los únicos que cargaron con la acumulación primitiva de la tierra”, fórmula favorita del balaguerismo a cuyos obreros les tocó asumir en parte la carga de generar recursos destinados a una futura reinvención. Los campesinos, quienes eran la mayoría de la población, no sólo pertenecieron a una categoría legal y política inferior por lo menos hasta la constitu­ción de 1963. La política agrícola les forzaba más im­puestos a cambio de menos protección. El efecto in­mediato fue el descenso de la producción de cereales y la reducción a la mitad de la cabaña ganadera, lo que provocó una terrible hambruna entre 1914 y 1930, lue­go del huracán San Zenón. La colectivización hizo disminuir la ya de por sí baja productividad de la agricultura dominicana.

Así, tras este sinuoso transitar los partidos políticos en manos del FMI – y sus dirigentes – rechazaban el libre mercado y la segu­ridad social viéndola desde un ángulo que no les per­mitía lograr sus objetivos particulares. Aun cuando no se advierte, pocos pensadores políticos se habrán da­do cuenta que la identidad dominicana como socie­dad está hecha pedazos. La familia tradicional -como núcleo cen­tral- está erosionada y sólo existen hogares aglutina­dos en entes particulares.

La colosal mecanización que intentó realizar Trujillo, específicamente con la industria azucarera no pu­do compensar nuestras carencias. Después de una eta­pa prometedora a finales de 1946, en que la economía dominicana llegó a producir modestos excedentes de destinados a la exportación, la agricultura dejó de ser capaz de alimentar a la población. A partir de los años setenta dependió del merca­do mundial de cereales para cubrir a veces hasta la tercera parte de sus necesidades. Debió ser por la lige­ra relajación del sistema colectivista, que permitió a los campesinos- que producían para el mercado en las pequeñas parcelas de su propiedad- alejarse de los consumidores quienes habían tenido poco que comer, salvo pan de agua . República Dominicana cambió una cultura campesina ineficiente por una agricultura de especulación de precios enorme. Como tantas veces ocurre este hecho reflejaba las condiciones sociales y políticas de la República Dominicana neo conservadora, más que el carácter cultural del propio proyecto neo trujillista. La creación de cooperativas y la colecti­vización, por ejemplo, combinadas en mayor o menor medida con la agricultura privada o incluso, como en el caso de los “jíbaros” portorriqueños- quienes operan con mayor eficiencia tecnológica- los dominicanos podrían tener éxitos, mientras que la agricultura campesina dominicana se ha mostrado con frecuencia más capaz de sacar subsidios a los gobiernos que be­neficios a la tierra.

Sin embargo, en Santo Domingo, no ca­be duda de que la política agrícola fue un fracaso, que, sin embargo, copiaron con demasiada frecuencia, por lo menos en el principio, los regímenes populistas posteriores. Otro aspecto del “desarrollo” dominicano a favor del cual puede decirse poco es la enorme e inflada burocratización engendrada por la cen­tralización estatal con la que no pudo siquiera Trujillo. Se ha sugerido incluso con la más absolu­ta seriedad, que el gran terror de la segunda mitad de años cincuenta fue un método desesperado de Trujillo para vencer la cultura burocrática y la fácil habilidad con que se eludía la mayor parte de controles y órdenes del Gobierno, o por lo menos para impedir que la disidencia oligárquica o los liberales acabaran adueñándose del poder, convertido en un aparato de gobierno disfuncional, co­mo terminó sucediendo en la época de Báez y Santana. Todo intento de hacer más flexible y eficiente la administración no hacía más que perjudicarla y hacerla aún más indispensable para los simpatizantes políticos. A finales de los años setenta, la administración pú­blica creció cuatro veces y media por encima del ritmo medio de creación de empleo. Poco antes de la guerra (1965) había ya más de un administrador por cada dos trabajadores manuales (1962). En época de Lilís, los cuadros de los niveles superiores del escalafón eran – como ya se ha dicho antes – esclavos de un poder único, siempre al borde del desastre. Su poder y sus privilegios que­daban oscurecidos por la presencia constante de una “recompensa política”. Después de Horacio Vásquez, o más bien después de la eliminación del último “Gran jefe”- Ulises Heureaux en 1898-, ya no había nada en el sistema que impidiera nuestro estancamiento.

El tercer inconveniente del sistema, y el que acabó por hundirlo, era su inflexibilidad. Estaba concebido para generar un aumento constante de la producción de bienes cuya naturaleza y calidad había sido prede­terminada, pero no estaba dotado de mecanismo ex­tremo alguno para variar la cantidad, ni la calidad, ni para innovar.

En realidad, el sistema no sabía qué hacer con la ini­ciativa pública, y no los utilizaba en la economía priva­da, a diferencia de lo que ocurría en el complejo Esta­do – Industrial dominicano. En cuanto a los consumi­dores – que no contaban ni con el mercado ni con el estado – qué hacía que las economías extra oficiales no figuren, por de­finición, en los documentos oficiales, sólo podemos hacer conjeturas sobre su tamaño, pero a fines de los años setenta se calculaba que la población urbana do­minicana gastaba su dinero en artículos de consumo y servicios médicos, legales privados y en “propinas” para asegurarse de ser atendidos. En resumen, el siste­ma económico estaba pensado para industrializar un país muy atrasado y subdesarrollado lo más rápida­mente posible, dando por sentado que la población se conformaría con un nivel de vida que garantizaba unos mínimos sociales y que se hallaba algo por enci­ma del de subsistencia, sí bien su nivel exacto depen­día de lo que sobrara en una economía organizada pa­ra una continua industrialización.

Por más ineficiente y derrochador que fuera el sis­tema estos objetivos se cumplieron. República Domi­nicana nunca se transformaría hacia una gran potencia industrial, al menos, en su área geopolítica y de hecho su condición de dependencia colonial – en el Siglo 21- mantenida a lo largo de casi dos siglos, se basaba en el fracaso. Sin em­bargo, y contrariamente a lo que esperaban los “demócratas”, el motor del desarrollo económi­co dominicano estaba diseñado de tal modo que frenaba en lugar de acelerar, cuando, des­pués de que el vehículo había avanzado cier­ta distancia, el conductor apretaba el acelera­dor. El “dinamismo” de nuestra economía se mantenía en la “vigorosa” capacidad de los gobiernos hacia la anarquía. Su creci­miento contenía el mecanismo de su pro­pio agotamiento. Y este era el sistema que, a partir de 1844, se convirtió en un “modelo” para las economías en las que vivía algo más de la mitad del pueblo dominicano. Sin embargo, las revolu­ciones también desarrollaron un sis­tema político muy especial. Los movimientos populares de iz­quierda, incluyendo los movimientos obreros y/o socialistas marxistas – a su manera- a los que nunca perteneció Juan Bosch, se alimentaban de dos tradiciones: la democracia electiva pre establecida, y en ocasio­nes directas, y la ejecución de acciones revoluciona­rias dirigidas de forma centralizada, herencia de la etapa colonial de los españoles. Los movimientos obreros y socialistas de masas que surgieron casi por doquier en Santo Domingo a finales del siglo XX ya en forma de partidos, sindicatos y cooperativas, ya como la combinación de todo esto, eran profundamen­te anti democráticos tanto en su estructura interna como en sus aspiraciones políticas. En los lugares donde toda­vía no existía una democratización basada en un am­plio sufragio (sector privado) se encontraban entre las fuerzas que luchaban con más empeño por ellas. A di­ferencia de los anarquistas de las famosas reivindica­ciones huelgarias – las del transporte-, los marxistas del CP del PLD estaban fundamental­mente entregados a la acción política y se preocupa­ron más bien por dejar a la posteridad un partido sólido “para servir al pueblo” que continuar siendo una alegoría revolu­cionaria sin ser favorable para el país.

Así que si la política era dirigida así también lo se­ría la economía. Esto refleja por una parte la historia de nuestras crisis y las peculiaridades donde un telegra­fista analfabeto se convirtió en el dictador de la Repú­blica Dominicana con el nombre de su propia elección, “Ciudad Trujillo”.

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