Razones por las que Hipólito Mejía le huye al debate político en tv

Por Carlos Luis Baron lunes 2 de enero, 2012

La historia registra que los debates políticos transmitidos en directo por televisión se inauguraron en 1960 entre los candidatos a la Presidencia de los EEUU, Richard Nixon y John F. Kennedy. Pasado ya más de medio siglo, ha sido una constante en el mundo libre que los presidenciables culminen sus campañas debatiendo en directo el compromiso público de sus ideas y proyectos.

En República Dominicana no ha sido posible ver algo parecido a esta práctica tan común en la mayoría de las democracias. Y digo "parecido", porque a pesar de que hemos visto que candidatos o precandidatos se reúnen frente a las cámaras de televisión bajo ciertas reglas generales, se ha esquilmado a la opinión pública la oportunidad de presenciar al menos alguna instancia de debate auténtico y efectivo.

La controversia televisiva es una competencia de habilidad y rapidez mental sustentada en la fortaleza emocional de cada contendiente con el propósito de convencer que las respectivas propuestas electorales son congruentes y creíbles. Para el elector es la mejor oportunidad que pueda disponer para medir en directo el carácter y talento de los contendores enfrentados.

No existe instancia más virtuosa que el frente a frente ante las cámaras para que el Soberano pueda descubrir virtudes o desnudar falencias.

Lamentablemente el miedo cada vez más grande y evidente al debate por televisión abierta de cara a la definición del voto ha hecho que Hipólito Mejía, candidato del PPH – PRD a la Presidencia de la República Dominicana, se incline por jugar al silencio evadiendo este difícil terreno. Opta en cambio por la descalificación del rival mediante afrentas o acusaciones infundadas como recurso de ocasión para ocultar su falta de argumentos.

El debate, entendido como género, tiene una doble faz que esencialmente conjuga los verbos “dialogar” y “polemizar”. Puede ser tranquilizante o inquietante, tolerante o intransigente, con disposición de buscar el mejor aporte o de afirmar el espíritu dogmático de quien tiene certezas imposibles de negociar. Pero siempre posibilita poner sobre el tapete manifestaciones esclarecedoras de la verdad a que aspiramos la inmensa mayoría de los dominicanos.

Permite ver a los postulantes confrontando entre sí, escuchar las ideas de cada uno sobre cómo manejar los problemas nacionales, las crisis internacionales, las coyunturas, los planes a mediano y largo plazo, contrastarlos, evaluar la solidez frente a los embates del adversario y fundamentalmente conocer a fondo al candidato en cuestión.

Empíricamente es sabido que la posibilidad de presenciar estas controversias en los medios audiovisuales es el aporte más fuerte y significativo posible para la formación responsable de la conciencia democrática y republicana del votante que, estando inseguro respecto al candidato por no tener suficiente información o por cualquier otro factor que hubiere, el potencial del debate es sencillamente grandioso.

Hipólito no tiene la más mínima capacidad para enfrentar a Danilo Medina en un ejercicio de esa naturaleza, sabe que lo diga y cómo lo diga, contribuirá aún más a endurecer las impresiones negativas que sobre él se llevan diariamente los televidentes. Su empeño en evadir la confrontación mediática directa lo retrata y descalifica para ocupar la presidencia del Estado dominicano. El y sus asesores saben por qué huye.