Recordar el pasado como lección

Por Carlos Luis Baron domingo 19 de agosto, 2012

Todo es recordar. Caminar es recordar. Vivir es recordar. Amar es recordar. Escribir es recordar. Leer es recordar…Al fin, con la muerte, ya nada se puede recordar. En el fondo somos la memoria del tiempo, el perenne deseo de lo que recordamos, el recuerdo de lo que quisiéramos olvidar y el olvido que quisiéramos retener. Precisamente, gracias a esta retentiva que poseemos somos gente con experiencia. Todo va a depender de lo vivido y convivido, del modo de pensar y de vivir, de la manera de ser y de actuar. Sin duda, la lucha del ser humano es un afán y un desvelo, el combate del pensamiento contra el abandono, la revuelta y la vuelta al recordatorio, puesto que aunque la lucha esté perdida, no debe disuadirnos de apoyar una causa justa.

Ciertamente, el recuerdo forma parte de nosotros, de nuestras vidas. Por eso, acordarse de que en la noche del 22 al 23 de agosto de 1791, se produjo en Santo Domingo (actualmente Haití y la República Dominicana) el comienzo de una sublevación que sería de decisiva importancia para la abolición del comercio de esclavos, es como ejercitar la memoria en la reflexión, teniendo en cuenta que recapacitar por lo pronto nos va hacer más humanos. Desde luego, es bueno para el mundo que, en la memoria de los pueblos permanezca los efectos de este tipo de atrocidades, para que con esta conmemoración del día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición -23 de agosto-, podamos hacer una pausa en el camino y meditar sobre el sufrimiento de estas tragedias que tanto nos deshumanizan.

Recordar el pasado como lección para impedir que este tipo de hechos se produzcan, es tan justo como preciso. Las cosas, ya se sabe, se descubren a través de los recuerdos que de ellos se tienen, y aunque esté abolido el comercio de esclavos, han surgido nuevas formas de esclavitud, como puede ser el tráfico de seres humanos, la coacción y el abuso de autoridad, el comercio del sexo, la explotación de personas que malviven en la exclusión y con trabajos forzados. Multitud de víctimas son engañadas con falsas ofertas de trabajo. Lo más cruel es que no se persiguen de modo adecuado a los individuos responsables de tantos desconsuelos.

El mundo no se puede mover sólo por intereses económicos. Somos personas con derechos y obligaciones, con dignidad y decencia. No mercancía de uso y desecho. Pensábamos que el comercio transatlántico de esclavos nos había servido de lección. Por entonces, millones de africanos fueron arrancados de sus hogares, deportados hacia el continente americano y vendidos como cautivos. Ahora vuelve a suceder lo mismo, la criminalización del migrante, el confinamiento de personas refugiadas privadas de libertad, jóvenes y mujeres destinadas al negocio del sexo en contra de su voluntad. Por eso, considero muy saludable recordar aquellos hechos ante el nuevo auge de este indigno comercio humano, que afecta a todos los pueblos y a la mayoría de los países del mundo. Con razón, este tipo de hechos, han de considerarse como crímenes contra la humanidad.

La ciudadanía tiene que unirse ante estos tratantes de vidas que no les pertenecen. Hay que hundir sus redes opresoras. Es una pena que las víctimas de la trata sean consideradas delincuentes por las autoridades de muchos países, mientras los comerciantes siguen con sus acciones de violencia e intimidación, como si fueran unos salvavidas. Es hora de plantarse y de no permitir que cada día sean más las personas que sufren engaños, que son vendidas, y, lo que es peor, que no pueden escapar del calvario.

Lo que sucede es que mueven millones de dólares estos grupos de delincuentes que operan con total impunidad ante el aumento de las dificultades económicas. Es una pena que hechos así se produzcan y vayan en aumento. La ignorancia, los obstáculos de lenguaje, la ausencia de mecanismos de apoyo, otras culturas y otros cultivos que imprimen miedo, impiden que las personas víctimas de este abominable comercio puedan denunciar libremente la penuria en la que malviven. No olvidemos que la pobreza hace vulnerable a la persona y siempre hay indeseables que se aprovechan de las personas que sueñan con una vida mejor.

Lamentablemente, nos estamos acostumbrando a convivir con estos golfos que trafican con personas inocentes. Antaño, los primeros abolicionistas de la esclavitud fueron los propios esclavos, que adoptaron diversas maneras de resistencia desde su captura en África hasta su venta y explotación en las plantaciones de las Américas y del Caribe. Muchas veces utilizaron rebeliones y hasta llegaron al suicidio como formas de resistencia. Por desgracia, el legado de la esclavitud persiste en el tiempo y es una responsabilidad de todos trabajar para dar asistencia y protección a tantas víctimas y, por otra parte, asegurar que quienes son los cerebros de esta esclavitud no queden libres.

En todo caso, estos días, como éste del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, deben servirnos para no olvidar el pasado y honrar así la memoria de tantas mártires. Ya está bien de servidumbres a nadie, de venta de niños, de trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual. La esclavitud es detestable, no invencible. Me parece que ha llegado el momento de denunciar estos abusos institucionalizados y de plantar coraje a sus promotores. Naciones Unidas tiene que estar en primera línea de defensa. Y los ciudadanos, con principios éticos en su ruta existencial, en la siguiente línea de acción. Sin empeño en la lucha, no hay gloria en la victoria y tampoco en el recuerdo.