Robert Green y las leyes del poder

Por Carlos Luis Baron jueves 5 de julio, 2012

Como político -o aprendiz de ello-, pero más como funcionario, he sentido, en múltiples circunstancias, el roce alevoso de un cuchillo. De ellas (de esas circunstancias) he salido ileso, unas veces de pura chepa, otras por lo oportuno de un amigo. Y unas últimas, simple y llanamente, porque he sabido hacerme visible. Aunque algunos, me confiesan, mas que por otra razón (me he salvado), por temor -de mis adversarios- a mi irreverencia.

Sin embargo y aunque es de uso ordinario -su lectura- en el ejercicio de la política y del poder, hay un texto, ya casi un clásico, que rige la lógica del poder y que meridianamente señala las consecuencias a su transgresión y observa la obediencia a ellas como resultados tangibles en diferentes etapas históricas, incluso, con ejemplos históricos bastantes elocuentes e irrefutables. Ese texto es: “Las 48 leyes del poder” de Robert Green. Para algunos una Biblia (¿sacrilegio o qué?), para mí, una referencia.

Para ilustrar, solo quiero enunciar y poner en perspectiva dos leyes del referido tratado. En primer plano, la número uno: “no le haga sombra a tu amo” (o jefe); y la número tres: “disimule sus intenciones”. De la uno, he sido un fiel y consecuente observador; aunque por indiscreción de otros (unos sanamente; y otros, no tan sano) no pocas veces he sufrido persecuciones y castigos. No obstante, en cualquier circunstancia, he sabido soportar y sortear el vendaval.

De la segunda (de la número tres), he sido un transgresor impenitente por carácter, por indomesticable y por convicción, o dicho en otras palabras, no nací para simular ni asumir posiciones ambiguas. Soy frontal.

De la primera que mas puedo decir que mi condición de político militante no traiga consigo: aspiración y desafío. Y ello no lo puedo ocultar, de lo contrario, ¿para qué estar en política?

De la segunda, sencillamente, no soy responsable pues cada quien es dueño de sus miedos y temores. Yo asumo los míos y punto.

No tengo culpa de que cualquiera, enquistado o no, prefiera a simuladores y falsos disfrazados de lleva agenda (curtidos cabilderos-genuflexos). Para luego, saber y sufrir (desilusionado), de traiciones y trapisondas de quienes creyó suyos; pero que a su espalda, pedían su cabeza. La historia está llena de esos episodios.

Cada quien puede hacer múltiples lecturas de un mismo hecho, lo que no puede hacer, so pena de sufrir -tarde o temprano- graves consecuencias, es subestimar o aniquilar a contrarios coyunturalmente en repliegue, o en indefensión.

Finalmente, no tengo miedo a la ira del que tiene miedo, o del que se siente amenazado, o tal vez, del que se ve en el ocaso. Tampoco frente a advenedizos de ocasión, por demás, temblorosos y asustados.

Estoy consciente -como en muchos casos-: soy un objetivo. Pero, ¿cuándo no?