Singularidad de la Crisis Económica Europea

Por Carlos Luis Baron lunes 30 de enero, 2012

Hay en el mundo contemporáneo la falsa idea de que la crisis económica, agobiante y lacerante, por la que atraviesa la Unión Europea es tan sólo una consecuencia de la crisis económica y financiera que eclosionó en Estados Unidos entre junio y septiembre de 2008.

Es cierto que esta crisis también impactó negativamente las economías de la Unión Europa. Sin embargo, Europa incubó, en lo fundamental, las causas de la crisis económica, estructural y coyuntural, por la que atraviesa, cuyos efectos sociales son sencillamente desastrosos, estremecedores y escalofriantes.

La primera razón de la crisis económica estructural que se acumuló en el decurso del tiempo fue que Europa adoptó un modelo social, el Estado de bienestar, cuyos costos son progresivamente muy altos y, por consiguiente, requiere de financiamientos estatales también muy altos.

Con un modelo económico que garantiza la estabilidad macroeconómica pero con bajos niveles de crecimiento del PIB real, como ha sido el que adoptó la Unión Europea, el Estado de bienestar es financieramente hablando insostenible en el tiempo.

Es decir que un modelo social de ese tipo requiere de un modelo económico que garantice no sólo estabilidad, sino, sobre todo, altos niveles de crecimiento en el tiempo.

Entonces, finalmente estos efectos acumulados en el tiempo en el marco de estos modelos vigentes en Europa, el económico y el social, revientan en el tiempo generando espeluznantes y monstruosas crisis fiscales, que se expresan en déficits astronómicos y deudas soberanas al parecer insalvables e infranqueables.

Y decimos insalvables e infranqueables si se mantienen estos modelos, el económico y el social, sin cambios estructurales profundos.

Otro asunto es que desde hace tiempo el crecimiento de la población en Europa es prácticamente igual a cero, por lo que su población es mayoritariamente longeva. Pero la parte de la población que hace sostenible cualquier modelo económico y cualquier modelo social es la población joven. Europa no cuenta con esa población joven.

Frente a este otro problema estructural Europa tenía que adoptar políticas sociales que le permitieran agotar el tránsito hacia una población cosmopolita con predominancia de la población joven, aportada esta población joven por las migraciones, aunque éstas hubiesen sido selectivas.

Pero no ocurrió así y los países de Europa pusieron demasiados obstáculos a esas migraciones procedentes de las diferentes latitudes del mundo.

A diferencia de Europa, Estados Unidos, que es el país centro y líder del cosmopolitismo mundial, sí supo manejar en su momento este problema y por eso cuenta con un ejército laboral mayoritariamente joven, que ha sido engendrado fundamentalmente por las migraciones. Pero los problemas económicos, financieros y sociales de Estados Unidos son por otras razones y por otras causas.

Aunque Estados Unidos y Europa coinciden en cuanto a la magnitud de los déficits públicos y de la deuda soberana. En Europa la crisis económica y financiera se desencadena a partir de la implosión de la crisis de la deuda soberana; en cambio, en Estados Unidos se genera a partir de la crisis del sector inmobiliario y el proceso ininterrumpido, desordenado y alocado de titularización de las hipotecas basura en los mercados de instrumentos financieros derivados.

En definitiva, no hubo en Europa una visión de largo plazo que les permitiera vislumbrar u otear a estas sociedades que los niveles de confort y de bienestar de sus poblaciones no podían sostenerse en el tiempo con estos cruciales problemas estructurales.

En la práctica ha quedado demostrado que en la mayoría de los casos estos exuberantes niveles de bienestar eran ficticios.

Otra cosa es que el mundo colonial desapareció y ya no era posible contar con los excesivos y numerosos excedentes económicos que fluían desde las colonias.

Ahora, coyunturalmente hablando, es necesario subrayar varios factores que han hecho que esta crisis se haya ahondado más de la cuenta.

Al adoptar el euro como moneda única de la Unión Europea se privó a cada Estado de su soberanía en materia monetaria y de su capacidad para tener una política monetaria autónoma. Así cada país contaría con los grados de libertad que tiene que tener una nación para manejar su política económica, en particular su política monetaria, en el contexto de la globalización.

De manera que la nación recibiría los beneficios no sólo de emitir su propia moneda, sino de poder depreciarla o devaluarla cuanto estuviera sobrevaluada o de apreciarla o revaluarla cuanto estuviera subvaluada. En el primer caso el país obtendría ganancia de competitividad en el corto plazo, aunque no es la verdadera competitividad que debe lograr una economía pero no deja de ser interesante.

Precisamente al estar sobrevaluado el euro y no poder ningún país inducir o encaminar un proceso de depreciación o de devaluación, no tiene otra opción que sufrir impotente la pérdida progresiva de la competitividad de la economía de su nación frente al mundo.

Pero el euro es una moneda fuerte que está sobrevaluada y entonces es la Unión Europea como región la que pierde competitividad de manera acelerada frente a las demás regiones del mundo, específicamente frente a Estados Unidos.

Esa pérdida progresiva de competitividad ha afectado sensiblemente la capacidad de crecimiento de los países de la Unión Europea.

Los enormes déficits fiscales, la crisis de la deuda soberana y la sobrevaluación del euro agravan los desequilibrios externos en el caso de muchas de las economías de la Unión Europea.

Y esto la Unión Europea también tiene que revertirlo, es decir tiene que repensar la unión monetaria.

Yo estimo que la unión monetaria ha sido más negativa que positiva, por lo que los Estados de la Unión Europea deben recuperar su autonomía en materia de política monetaria.

Los países de Europa tienen que reivindicar además la disciplina fiscal: un déficit público que se mueva entre un dos y un tres por ciento del PIB y la deuda soberana debe oscilar entre un treinta y un cuarenta por ciento del PIB.

La estabilidad macroeconómica requiere de una sincronización adecuada entre la política fiscal y la política monetaria.

Ciertamente la atosigante y envolvente crisis de la deuda soberana que vive Europa no ha sido creada por la rebaja o degradación de la calificación de esa deuda que presentan las agencias de calificación a nivel internacional, pero la misma introduce e incentiva expectativas negativas, desconfianza e incertidumbre en los agentes que intervienen en los mercados de capitales y en las bolsas.

A propósito de la crisis de la deuda soberana por la que atraviesa Europa ha resurgido el debate en torno a la calificación de la deuda soberana, en el sentido de si ésta debe seguir siendo calificada por las agencias de calificación privadas o por una entidad internacional, dependiente de la ONU, relativamente neutral.

Estoy de acuerdo que dentro de la reforma global del sistema monetario y financiero mundial, que debe abarcar tanto la regulación como la supervisión, la calificación de la deuda soberana de los Estados debe estar en manos de la agencia que tenga que ver con la regulación del sistema monetario internacional, mientras tanto es el FMI el que debe encargarse de eso.

No debe seguir en manos de las agencias de calificación privadas porque éstas al ser bancos de inversión y tener intereses que defender, la calificación que otorgan no va a ser ni inocente ni neutral: indudablemente va a estar permeada por esos intereses.

Y como estas calificaciones generan o siembran en la economía expectativas que pueden ser positivas o negativas inciden en el comportamiento de los mercados de capitales y de las bolsas, que son mercados en los que la confianza de la gente juega un papel nodal, por eso la calificación de la deuda soberana no debe estar en manos de las agencias calificadoras privadas por famosas que éstas sean.

Independientemente de la singularidad de la crisis económica europea, la crisis económica y financiera por la que pasa el mundo es global y requiere de soluciones globales.