Sobre defensa, ofensa y educación

Por Carlos Luis Baron sábado 14 de julio, 2012

Así como el Estado es la nación jurídicamente organizada, el Derecho es la facultad social de dar a cada quien lo que pertenece legítimamente. El Estado, al respecto, adopta el Poder Judicial para la defensa del orden jurídico (justicia) establecido por las leyes (Poder Legislativo), mientras se faculta con la calidad de Abogados a las personas instruidas jurídicamente para abogar en la defensa de los individuos. De manera que el ejercicio del Derecho tiene por excelencia la defensa, no la ofensa. A tal contexto parecería inverosímil algunas expresiones ofensivas que se atribuyen al reconocido abogado Carlos Balcácer, en su defensa al joven José A. Gómez Canaán: “Que se preparen, que tengo una sorpresita procesal y revelaré a esos empresarios vagabundos vestiditos de mujer y fornicando. Oportunamente daré a conocer esas imágenes y videos donde se observan practicando orgías…” ¿Acaso olvidó el jurista aquello de que “a confesión de parte, relevo de pruebas…”?

Definitivamente, y sin pretender ser jurista, episodios como estos son los que nos mueven a abogar enfáticamente en precisar una cultura de ética en que predomine la sensatez como modelo en nuestros profesionales y técnicos para las presentes y futuras generaciones. Insistimos en que no bastará un 4% del Producto Interno Bruto (PIB) para el logro de una conducta adecuada a través de la educación, si los esfuerzos didácticos no cuentan con la colaboración de los medios de comunicación.

Quizá muchos de nuestros apreciados lectores no logran asociar la comparación de lo que dijera el jurista Balcácer, lo que pudiera verse y escucharse por los medios de comunicación, y ciertos comportamientos adoptados por nuestros connacionales. Mas, si todo el mundo se ha unido al coro de exigir mayores recursos para la educación, 4%, es por algo. Y ese “algo” es nuestro comportamiento, que es lo que realmente pone de manifiesto el nivel alcanzado en la educación.

Educación no sólo es saber leer y escribir. En el mundo hay muchos analfabetos “bien educados”: Al inicio de nuestra misión en el exterior, fuimos sorprendidos cuando tras varios días compartiendo con el personal doméstico, y por razones de tiempo, pedimos una breve lista para el supermercado, recibiendo con sorpresa la confesión de ser iletrado por alguien de quien no nos cabía la menor duda de haber cursado algún grado próximo al bachillerato cuando, en realidad, no sabía leer ni escribir.

Reaccionando a las palabras descompuestas, hemos estado propugnado por la clasificación de los espacios radiales y televisivos por ser éstos de más fácil acceso al público menor de edad y adolecentes. Sin embargo, no hay imán que atraiga más como a éstos sus padres, un hermano mayor, un tío, un buen amigo de la familia, etc. Adultos que en busca de las informaciones muchas veces no se percata de alguna ligereza que pudiera afectar nocivamente la conducta del muchacho que ha buscado su cercanía.

De manera que debemos precisar de una educación para la defensa y no para la ofensa. Una educación para la armonía que aporta al desarrollo, al orgullo de pertenecer a la sociedad a la que ofrecemos nuestros medios y fuerza de trabajo cual eslabón imprescindible en la cadena social. ¿Qué sería de una sociedad sin los agricultores, sin las domésticas, sin los obreros, sin los policías y militares, sin los mensajeros, etc.? ¡Cómo no sentirse orgulloso de formar parte del esfuerzo laboral nacional!

Es aquí cómo los medios pueden y deben aportar su granito de arena para ayudando con la formación de nuestros conciudadanos: resaltando nuestras efemérides patrias, resaltando todo esfuerzo laboral como parte del conjunto que da razón de ser a nuestra nación, a nuestro país. Sólo el orgullo de hacer bien las cosas, todas las cosas, nos garantiza lograr en el menor tiempo posible el país que merecemos; y el mejor camino es la educación, porque ella nos enseña, además, a defendernos sin ofendernos.

El autor es Lic. en Administración Pública, Magister en Educación Bilingüe y Diplomático.