Tá mamá

Por Carlos Luis Baron jueves 3 de mayo, 2012

El tiempo vuela mi vieja; ya han pasado 7 años. El correr de los días no ha borrado el calor de tu regazo. Lo recuerdo cada vez que logro despojarme de la vorágine que envuelve mi diario vivir. Cuando consigo sentarme a añorar el pasado, me transporto a tu casa – la Dr. Eldon 55 – y me veo corriendo por los pasillos. Te escucho llamándome a cenar, o simplemente riéndote de la forma más jocosa que haya escuchado en toda mi vida, a veces hasta de ti misma. Ya han pasado 7 años mi vieja, pero te recuerdo como si fuera ayer.

Para nuestra familia fuiste más que un miembro: eras el ancla. Dedicaste cada segundo de tu vida a luchar por nuestra unión. Eras el sol de nuestro sistema planetario, centro y columna de todos nosotros. Pero partiste, tal vez a destiempo, de una forma súbita y lacerante. Eso molesta, no te lo niego, y me resulta muchas veces difícil maquillar un efímero, pero abrumador coraje, que a veces aflora. Pero cuando la marea cede y el dolor deja de cegarme, entiendo que, en tu partida, hay más alegría que tristeza, porque tu vida está plagada de enseñanzas.

El valor de tu recorrido quedó plasmado en todo cuanto tocaste. Hoy en día, siendo ya un hombre, no existe situación compleja en la cual no me pregunte: ¿qué me diría mamá? Aún luego de tu partido, tus consejos no paran de llover a cántaros. El ejemplo de tu amor y tu entrega han marcado las decisiones más importantes que he tomado como adulto. Mientras planeo “mi retirada” hacia dominicana, entiendo que todo esto es fruto de mi decisión de agotar el resto de mi vida conforme a los valores que tú nos inculcaste. En mi caso siento que, para vivir ese sentimiento a plenitud, debo regresar a mi hogar, a mi entorno, a mis raíces.

Y aunque sea difícil obviar el vacío que siento por tu ausencia física intento, aún cuando el dolor me robe una lágrima, recordarte con una sonrisa en los labios. Como no sonreír cuando recuerdo tus ocurrencias, cuando me transporto a tu cocina y me veo conversando contigo sobre mis amoríos, cuando recuerdo aquella “pela” con una cuchara de madera en el patio; cuando entiendo que, de muchísimas maneras, te debo mucho mamá.

Tu ejemplo me sirve de guía, como un faro emanando luz en medio de la oscuridad más intensa. Sé que no soy perfecto y que nunca lo seré, pero mientras vida tenga, intentaré cada mañana emprender un recorrido meritorio, digno de esos valores que nos enseñaste. Buscaré emular el concepto de amor y familia que tú practicaste. Es una tarea difícil, pero tú no mereces menos.

Ya han pasado 7 años y el dolor no se ha ido. Uno aprende a vivir con ese nudo en el pecho, pero nunca se logra olvidar. Empero, finalmente he aprendido a disfrutar de tu ausencia, viendo los frutos de tus sacrificios en todos los corazones que tocaste de manera desinteresada; utilizando tu ejemplo como carta de ruta hacia la felicidad. La mejor forma de recordarte es vivir conforme a lo que tú representaste en vida, dándole valor a las cosas intangibles que deben ser atesoradas por todo ser humano. La vanidad, la ostentación y el alarde nunca fueron parte de tu doctrina diaria o tu filosofía de vida. Esas superfluidades brillaron por su ausencia en tu hogar, pues desde que tengo uso de razón, solamente emanaron de ti esos pequeños detalles que hacen a todo corazón henchirse de alegría. Como tu amor no hay nada mi vieja.

Mamá, gracias por ser el motor y guía que he necesitado en los momentos más difíciles. Gracias por regalarnos una vida de ejemplo en el amor. Gracias por enseñarnos a mirarnos hacia dentro y encontrar allí las respuestas al significado de vivir en alegría.

Cuando veo tu obra, aunque te extrañe con toda el alma, tengo que sonreír…Tá mamá.

“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo". François Mauriac.