Tiempos de transformaciones sociales y políticas en las antiguas colonias del tercer mundo  

Por Juan Carlos Espinal lunes 23 de julio, 2012

Las presiones a favor de la refor­ma de la economía y de la introducción de cierta medida de ra­cionalidad y flexibilidad en el sistema de planificación dominicano se hicieron cada vez más difíciles de resistir en los años sesenta. Como veremos, estas presiones se dieron en todo el bloque po­lítico. La descentralización económica – que no era en sí misma potencialmente ex­plosiva – pasó a serlo al com­binarse con la exigencia de la liberación intelectual y, más aun, política. En los sectores empresariales del CONEP, esta demanda era aún más fuerte – no sólo porque fue dirigida desde el Estado- sino que había sido brutal y duradera, sino también porque muchísimos de sus comerciantes, sobre todo los intelectuales ( surgidos de un sec­tor de la sociedad sin identidad nacional)  no poseían apoyo popular antes y des­pués de la ocupación norteamericana (1965) v estaban profundamente dolidos por el contraste entre las esperanzas políticas y económicas de los can­didatos a quienes soportaron y sobornaron para llegar al poder y  los cuales todavía albergaban cierto éxito en el imaginario de la realidad dominicana.

Como tantas veces en la República Dominicana ocupada por los norteamericanos – donde los partidos se convirtieron en el corazón del movimiento de resis­tencia – la política atrajo a jóvenes idealistas cuyo compromiso en aquellos momentos era garantía de altruismo.  ¿Qué otra cosa sino esperanza y posible tortura y la muerte podía esperar alguien como Fran­cisco Alberto Caamaño Deñó, quien se transformaría de un autoritario militar a un posible héroe social contem­poráneo? Como siempre, algo inevitable, dada la es­tructura del Estado dominicano, la contra reforma vino de arriba, es decir, desde el interior del capitalismo.

La genial idea del neo trujillismo en 1963, el golpe de esta­do a  Bosch, precedida y acompañada por un fermento reaccionario y una agitación político-culturales, coincidió con el estallido mundial de radicalismo es­tudiantil, uno de los raros movimientos que cruzaron los océanos y las fronteras de los sistemas sociales, y que produjo movimientos sociales simultáneos, de base estudiantil en su mayoría. A los partidos domini­canos poco le importó el desarrollo del Estado Domi­nicano. Para ellos todo sería perfectamente aceptable o no, aunque llevaban en sus venas ascentrales la dic­tadura de un solo partido peligrosamente cerca de la democracia multipartidista (PRSC).

Sin embargo, la cohesión, y tal vez la existencia misma de dos bloques políticos en la Isla  parecía estar en juego al revelar y aumentar las grietas que existían en su seno. Por un lado, los regímenes de línea dura y sin apoyo popular, como los de Lilís y Trujillo, por ejemplo, temían que la situación interna de sus países se desestabilizara siguiendo el ejemplo de Venezuela y México, que criticaron duramente. Por otro lado, dic­tadores argentinos (Perón), y cubanos (Batista) recibie­ron el apoyo entusiasta a medias de Trujillo y de su partido dominicano. Desde 1965 las diferencias marcaron distancias en Santo Domingo por cuestiones de nacionalismo bajo la dirección de un nuevo líder, José Francisco Peña Gómez. En política interna, Peña Gómez era cualquier cosa menos reformador. Tanto Bosch como Peña Gómez tuvieron puntos de coinci­dencia, y el público les dio una bienvenida asombrosa.

Por eso, Balaguer, aunque no sin divisiones ni dudas, decidió derrocar esa alianza por la fuerza de la coacción política. Este hecho demostró ser el fin del movimiento socialista internacional en Santo Domingo con centro en movimientos radicales de izquierda que ya había sido resquebrajado con las crisis de 1970-1974. (Sacha Volman). Sin embargo, esto mantuvo unido al bloque políti­co dominicano durante veinte años más, aunque a partir de entonces sólo por la amenaza de una intervención de los militares. En los últimos veinte años de actividad par­tidaria, incluso los dirigentes de los partidos políticos en el poder parecían haber perdido toda fe en lo que hacían. (Jacobo Majluta 1982).

Mientras tanto, y con independencia absoluta de la política, la necesidad de reformar o cambiar el sistema de economía dirigida se fue haciendo cada vez más urgen­te. En los años setenta se hicieron intentos por flexibilizar el sistema, esencialmente mediante la descentralización – en la práctica totalidad del Estado dominicano – y tam­bién en la empresa privada en la época del inicio de los nuevos comerciantes de Herrera. Con excepción de la re­forma agraria y las electrificaciones y construcciones de presas y viviendas, las demás reformas no tuvieron éxi­to apreciable y, en varios casos, apenas llegaron a arran­car o no fueron autorizadas por razones políticas.

Un miembro algo excéntrico de la familia de sistemas políticos dominicanos (Balaguer), no alcanzó mucho más éxito cuando, por hostilidad hacia la modernidad, sustituyó la economía de planificación centralizada por un sistema de empresas cooperativas autónomas. Con la entrada de la economía mundial en un nuevo período de incertidumbre  – en los años setenta – nadie en Santo Domingo esperaba ya que las economías de los go­biernos de Balaguer y del PRD alcanzaran o adelan­taran ( ni siquiera que llega­sen a seguir el ritmo) de lo que ocurriría con la llegada al poder de los sucesores de Juan Bosch. Sin embargo, aunque fuera menos pro­blemático que antes, su fu­turo  no  parecía  causar preocupación inmediata.

 

Esa situación pronto cambiaría. La historia de los veinte años que siguieron a1965 es la historia de un país  que perdió su rumbo y se deslizó hacia la inestabilidad y la crisis. Sin embargo, hasta finales de los años ochenta se vio con claridad hasta qué punto estaban minados los cimientos del Estado dominicano. Fue necesario iró­nicamente que el PRD quebrara el país du­rante ocho años consecutivos y que Balaguer derrum­bara económicamente el país para que el sistema político colapsara por completo hasta 1986. No se admitió la existencia de sectores desarrolladas no politizados.

Durante muchos años los problemas económicos si­guieron siendo “recesiones”. No se había superado to­davía el tabú de mediados de siglo sobre el uso de los términos “depresión” o “crisis” que recordaban la era de las catástrofes nacionales. El simple uso de la pala­bra podía conjurar la cosa, aun cuando las “recesiones” de los años ochenta fuesen las más graves de los últi­mos cincuenta años” frase con la que se evitaba recor­dar los años treinta. La civilización que había transfor­mado las frases mágicas de los anunciantes en principios básicos de la economía se encontraba atrapada en su propio mecanismo de engaño. (Cifras del Banco Central).

Hubo que esperar a principios de los años noventa (1996) para que se admitiese que los problemas econó­micos del momento serían superados sin discusión. Es­to resultaba extraño en muchos sentidos. ¿Por qué el mundo económico dominicano era hasta 1986-2000 más estable? Como han señalado los economistas neoliberales del consenso de Washington, los elementos estabilizadores de la economía eran más fuertes ahora que antes  – a pesar de algunos gobiernos populistas – donde impera como plan único, asaltar el erario público.

De manera que, los controles de almacén informatizados, la mejora de las comunicaciones y la mayor ra­pidez de los transportes redujeron la importancia del ciclo de inventarios de la vieja producción en masa, que aún hoy crea grandes reservas de mercancías para el caso de que fuesen necesarias en los momentos de ex­pansión y las frenaba en seco en épocas de contracción, mientras se saldaban los stocks. Así Santo Domingo inició un ciclo de agotamiento económico impulsado por adaptaciones periódicas de los diversos y diferen­tes gobiernos que hemos soportado con una tolerancia que asombra. De más está decir que tras cada final de gobierno los dominicanos se deben preguntar lo si­guiente: ¿Algo semejante ocurrirá de nuevo?

@jcespinal68

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