Un año zurdo y Bisiesto

Por Carlos Luis Baron martes 10 de enero, 2012

Eran tiempos en los que el galón de gasolina costaba 25 centavos, los relojes más caros que nos regalaban eran los Timex y costaban como 1.99 de dólar, las Desert Boots de Thom Mccann eran lo último y nos peinábamos con peines de goma de 10 cts. y sin gelatina. La zona de Bellas Artes era nuestro templo en las tardes, después del colegio; en sus rincones dormíamos la fresca y compartíamos los cuentos e historias de la vecindad.

Armar un minibike con un motor de Briggs & Stratton, de esos que tenian su bobina de encendido en uno de sus lados, que nos "encontramos" frente a la casa de Minuchy fue una tarea que nos propusimos "la pulga" Hatton y quien escribe, más que por lo difícil, por la imposibilidad de conseguir las piezas del motor que habían dejado abandonado en aquella acera. Pero la pulguita estaba a pié y enamorao, y tomando en cuenta que "el peatón no é gente" como él mismo decía, la misión era impostergable.

Así arrancamos y comenzamos a hacer adaptaciones, a pegar cables aquí y allí, hasta que un día la jalamos como catorce veces… ¡y prendió! con un escándalo tan grande que tuvimos que correr hasta un solar de la Avenida Independencia que se comunicaba con el malecón.

Recuerdo que se acercaban las navidades y soñábamos con tener "la máquina” lista para darnos los paseos y echar vainas entre los tigres. Sucios de grasa y llenos de espinillas por la edad que atravesábamos, terminábamos nuestra tarea en las tardes para poder emplearnos a fondo. Pero sólo esa vez prendió el invento y por más jalones que le dimos al cordon del encendido, sólo escopeteaba y soltaba el vaho a gasolina. Más nada.

Nos tuvimos que conformar con la P-50 que me prestaba escondido mi primo, con la cual bajamos a mil por las esquinas de aquel Gazcue. La pulguita Hatton consiguió sus "amores" y yo ligué los míos, por lo que tuvimos que cambiar la grasa y el olor a gasolina por Brut de Fabergé y la peluquería " Los Divinos", aunque Ricardito era alérgico a las tijeras cerca de su rubia melena que le corría a media espalda.

Así transcurría nuestra adolescencia entre aceras y contenes, con tres pesos entre dos y una cayena arrancada del jardín de alguna casa para las novias….y éramos felices.

No sabíamos lo que era el Estrecho de Ormuz, y de los mayas sabíamos que eran indígenas ascendientes en México. Las navidades eran época de alegría, con lerenes y pan de frutas, un par de fiestas y amanecer de playa el día 1ro de enero.

A la entrada del 2012 no sé qué es, pero algo en el ambiente predice situaciones difíciles. Un año dificultoso de pitchar, como si fuera zurdo, y además bisiesto.

Los ojos que la tecnología ha levantado en el cielo, nos envían fotos de flotas y submarinos en zonas estratégicas del mundo, presagiando un conflicto que le eriza los pelos a cualquiera. "Eso es aguaje", me comenta un amigo analista, "eso pasa siempre y después la cosa se calma, es para hacer presión a los precios del petróleo, ya verás".

Pero yo sigo medio espantado. La verdad que la brisa y el color del cielo, las películas y las predicciones, me tienen más chivo que una guinea tuerta. Además, la guadaña anda como en búsqueda.

Persignémonos y encomendemos el 2012 a Diosito, porque con el solo deseo de andar por ahí repitiendo "que tengas un feliz año”, esta vez creo que no va a ser suficiente.

Al terminar de escribir esta columna, en la madrugada del jueves 5, tembló la tierra y fuerte ( 5.3 en magnitud), pero por suerte de corta duración. O sea…