Un cambio de mentalidad en la fiesta de las fiestas

Por Carlos Luis Baron jueves 20 de diciembre, 2012

Navidad es la fiesta de la vida como luz, del ser humano como ser único, de la humanidad en su conjunto como ser social. El mismo Jesús llegó al mundo entre cientos de gentes, al igual que hemos venido todos nosotros, de manera singular e irrepetible. Bajo esta expresión mística, la propia naturaleza humana, quedó embellecida para siempre. Tal acontecimiento debe inducirnos a pensar más y, así, conducirnos a un cambio de mentalidad, a una visión más comprensiva de las cosas, a un saber mirar y ver los horizontes más allá de la propia materia, a trazarnos otras aspiraciones con renovada energía, de modo que también nuestro gozo de vivir no sea superficial, sino profundo.

Ciertamente, la liturgia navideña, nos trasciende a un sentido que, a poco que lo activemos, nos toca las cuerdas del corazón. Sin embargo, si buscamos hallaremos estampas contrapuestas con esta fiesta de las fiestas. A un lado, encontraremos muchos niños hambrientos de amor. Al otro, personas celebrando la fiesta del consumo, derrochando bienes que son de todos. Tenemos que aprender a vivir en comunidad y a meditar en soledad. Aún no lo hemos conseguido. La reflexión siempre es saludable. Nos acerca hacia la razón creadora de las cosas. No olvidemos que somos permanentes exploradores en un mundo no siempre luminoso de autenticidades.

Por cierto, los generadores de mentiras siguen en plena forma, transmitiendo por doquier sus violencias, sus hechos macabros, sus realidades engañosas. Qué bueno sería el mundo si hubiésemos conservado los ojos de la inocencia. Precisamente, Dios se ha manifestado en un niño, en toda su pobreza y sumisión, y ese encuentro con la humildad se transformó en una verdadera fiesta, donde todo era paz y alegría, bondad y verso. Sin duda, un efectivo modelo para este tiempo de tantos terrores y temores, de falta de fraternidad y de visiones desconcertantes.

Vuelva la genuina Navidad a poblar los caminos de la tierra. Desterremos de nosotros el orgullo del poder, la codicia por acumular poder, la fiebre egoísta del que piensa exclusivamente en sí mismo. Este espíritu de contradicción, insensible a los males ajenos, no encaja en los acordes del mensaje de Belén, donde la paz, ante todo y sobre todo, es una realidad interior de la persona. Por eso la Navidad nos congrega y nos invita a unirnos y a reunirnos, a convivir y a vivir, a ser parte de esa respiración fraternal, alrededor de un recuerdo para quien cree y para quien no cree, invitándonos a una experiencia íntima de familia.

Es bueno, por consiguiente, que entremos en nuestra propia alma y nos dejemos empapar de la humildad de ese niño, que resultó ser Dios, pero que se dejó tocar y querer, para que floreciera de nuevo el árbol de la vida en el desierto de la humanidad. En el pesebre lo contemplamos despojado de bienes, totalmente pobre, llamándonos año tras año para que nos pongamos en camino, a fin de hacernos personas nuevas en un mundo nuevo. La vía hacia esa extrema sencillez lo que hace es entusiasmarnos y aproximarnos, bajo una explosión de mensajes tan enternecedores como estremecedores.

En el lenguaje de la estrella, la misión de esperanza, no puede hacerse más real. Es nuestra propia inquietud interior la que nos pone en movimiento. Está bien, muy bien, que la Navidad nos agite, nos mueva y nos conmueva. Y, en todo caso, es una pena que muchos niños no asocien la Navidad con el nacimiento de Jesús. Lo hemos desechado de nuestras vidas, y con él, hemos rechazado el culmen de esta viva historia de amor entre Dios y el ser humano que pasa, desde luego, a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén. No abandonemos esta señal de afecto y de consuelo. La necesitamos.