Un dolor lacerante

Por Carlos Luis Baron lunes 6 de febrero, 2012

Todos tenemos que morir un día, pero hay muertes que detienen a uno en el camino, que nos dejan la terrible sensación de una ausencia total, de una falta de todo como si ya no pudiéramos volver a ser los mismos, como si perdiéramos una parte fundamental del todo que somos y hemos sido hasta el instante, doloroso en que vemos partir al ser mas especial, al que todo lo da y lo perdona, el que se puede decir que se asemeja a Dios en la tierra, la madre.

Para mí, Celeste Troncoso, la mujer que me diera la vida, fue una amiga y confidente, una aliada en los momentos más difíciles de mi vida, un refugio y una compañera para compartir lecturas, era una lectora del día a día, de horas tras horas, nunca había estado aburrida -solía decir-, tejía y leía, esa fue gran parte de su vida.

Y así, a pesar de sus noventa y cinco años, siguió siendo lectora y tejedora, en un momento en que estaba ausente le preguntó a una de mis hermanas que si sabia el libro que yo estaba leyendo. Siempre fue fiel a ella y a los suyos; siempre estuvo ahí y jugó el rol que tenía que jugar a pesar de los duros que fueran los tiempos.

Mi mamá constituyo para mí, la aliada total, a pesar de la presencia de mi papá fue en ella en donde pude depositar mis sueños de joven; mis ideas de todos los tipos y con la que pude compartir. Fui huérfano desde los 16 años, de ahí en adelante mi mamá constituyó: mi todo.

Hoy la he devuelto a la tierra que le vio nacer, ha ido a morar en la casa de un Dios siempre presente día a día en su vida, una fervorosa católica, aunque no realmente practicante; me lo dio todo y yo puedo decir ahora que le di todo lo que pude: cumplí como hijo.

Dios me la quitó y me ha dejado un dolor y un vacio que me lacera, pero yo se que él le va a tener a su lado, en un lugar de privilegio que su buena vida y su fe le reservó al lado de Dios.