Utopías y espejismos

Por Carlos Luis Baron viernes 16 de marzo, 2012

La Revolución industrial significó un paso de avance gigantesco para la humanidad. Se abrían puertas a las grandes máquinas, y se dejaba al artesano en segundo lugar. La producción en serie fue un golpe para el desarrollo, pero produjo desempleo masivo. Y es que el progreso tiene doble cara.

Logra el desarrollo y aumenta la pobreza. En pocos segmentos se ha logrado unir desarrollo y bienestar general. Son, en la confluencia histórica, dos polos opuestos.

Fue el artesano, golpeado por una revolución industrial que comenzaba, y el espuelazo de una monarquía insostenible históricamente, punta de lanza para ejecutar la que talvez sea la más grande transformación social llevada a cabo por la humanidad: la revolución francesa. El desarrollo social parte de bases desiguales.

El que aporta su capital tiene una mayor parte del pastel, y sólo migajas para el que da sudor, fuerza y sangre. Los golpes de avance social se realizan a contrapelo de crasas injusticias, donde miles no pueden dar el siguiente paso, y por consiguiente se cierra su horizonte de futuro.

Los dominicanos hemos dado saltos sociales importantes en el último siglo, pero los favorecidos han sido las élites, del pensamiento o de la inversión económica.

Se dan saltos individuales de progreso, que sirven para justificar una regla de inamovilidad social, y de desgaste físico que lleva a la marginalidad. Hay que prestar mucha atención a los vericuetos de nuestro desarrollo para comprender la marginalidad social, enfocarla y buscar los medios para paliar sus efectos. Es imposible en este estado de cosas, eliminar de un puñetazo la marginalidad.

Cuando se va a la guerra, la marcha más rápida del ejército la impregna el soldado más lento. En la confluencia social, el verdadero camino del desarrollo lo dictan los menesterosos, que son los más lentos. Una sociedad se desarrolla con las zapatas de barro si tiene cientos de miles de analfabetos, de hambreados, de manos que no encuentran donde trabajar. El desarrollo tecnológico significa desempleo. Las máquinas y artefactos electrónicos desplazan al hombre que no encuentra donde ir. Del caballo dimos un salto a los vehículos de gasolina, pero el campesino siguió apegado al conuco, y hoy, damos el nuevo salto, de una sociedad con rasgos imborrables rurales, a una moderna de servicios y automatizada.

Queda en el largo camino los que no pueden entrar a la informática, los que no tienen capacidad para una sociedad de servicios, y los que ya la fuerza física o el chiripeo los deja parados en cualquier esquina.

Tenemos que echar una ojeda a nuestro desarrollo. Es cierto que hemos progresado, pero también hemos dejado a millones abandonados a la vera del camino. Para que haya paz, tranquilidad y disfrute de la vida, es necesario que el avance sea de todos, y no de los privilegiados.

“El Arte de la Guerra”, libro de cabecera en las bolsas financieras, ve que el ejército que no puede ayudar al soldado más lento, camina rápido pero sin retaguardia, y con sus zapatas de polvo, en cualquier momento puede sucumbir.

En consecuencia, la sólida columna colectiva es una sociedad donde todos tengan oportunidades. La paz y la convivencia parten de que haya respeto entre los que la revolución francesa calificó de ciudadanos, con derecho a ser todos iguales. Utopías y espejismos.