Violencia de género, ¿por qué?

Por Carlos Luis Baron lunes 6 de febrero, 2012

Durante los últimos tiempos, con las exposiciones sobre unos cuatro temas nacionales, bien sustentadas o no, se han estado llenando las páginas de los principales periódicos locales: política, drogas, energía eléctrica -cara y deficiente -, como la llamada violencia del género.

Es bastante lo que cada vez más se denuncia en relación con los mismos; sobran las opiniones sobre esas temáticas, procurando combatir las ocurrencias relativas, y los efectos nocivos derivados; pero, muy pocos o nadie, se inclina por hablar sobre las causas reales que se encuentran en sus bases; y mucho menos, sugerir o aportar soluciones que, en función de la determinación de motivos, resulten efectivas.

¡Nada se resuelve a partir de las derivaciones propiamente! Es necesario siempre bajar hasta las bases mismas de los problemas, para enfrentarlos, con logros de solución. Y, de eso es que aquí no se quiere hablar, para no chocar con pareceres ajenos e intereses particulares que se favorecen con determinadas situaciones que se dan en esos órdenes.

En cuanto a la llamada “violencia de género” específicamente, cada vez in crescendo, eso no se resuelve con bla, bla, bla, y denuncias espectaculares a través de los medios de comunicación. ¡No! A eso, que se le puede considerar ya como un flagelo social, hay que buscarle la raíz en que se sustenta, para entonces proceder.

Tampoco, con alegaciones, como una que aparece en el periódico “Diario Libre”, en su edición de fecha 3-2-12, página 07, respecto de que ahora, son las mujeres las que están reaccionando, matando y atacando a los hombres, dándole a esa actitud femenina cierto carácter de justificación obvio, sustentando en que, “Ya está comprobado por los profesionales de la conducta que llega un momento en que la víctima puede pasar a ocupar el papel de agresor”. ¡Eso es muy cierto!; pero, hace más grande el problema.

Las verdaderas y fortísimas causas de esa calamidad, no sólo en el ámbito nuestro, sino también de otras latitudes, está en el descalabro de las cédulas que nutren a todas las sociedades: LAS FAMILIAS, y la pérdida de valores que se verifica en las mismas, con efectos traslativos hacia lo general, los cuales provocan una gran degeneración a todos los niveles.

Y es que, el sentido de responsabilidad paternal, en cuanto se refiere a la conformación de las llamadas tribus biológicas, está de capa caída, en términos de la crianza, educación familiar, e instrucción religiosa-espiritual, debidas. Ya la mayoría de los padres pudientes limitan sus compromisos a: manutención de los hijos, el pago de colegios, mientras más esnobistas mejor; la contratación de servicios domésticos como complemento educativo, la compra de un televisor, al último guay de la moda; y, el teléfono móvil, que nunca puede faltar. Pero, de orientación y consejos, ¡nada!

De otro lado, se tienen aquellos progenitores que muy poco pueden hacer por los descendientes, ya que a penas alcanzan para vivir, y que sólo disponen de tiempo para buscársela, como se dice popularmente. En estos casos, los muchachos se crían callejeros normalmente, y resentidos sociales, mirando el disfrute exagerado de los vástagos de los ricos y políticos corruptos que se gastan las sociedades, en las que tampoco tienen un sistema educativo que les pueda proporcionar una formación académica apropiada.

Otro aspecto a tomar en consideración, es el aumento significativo de las llamadas madres solteras, incluyendo el gran número de adolescentes, sin formación ni consciencia de lo que implica traer un hijo al mundo, que a veces, no saben ni siquiera quienes son los padres.

Pero además, se tiene la moderna corriente de pensamiento relativa a la mal fundada liberación femenina, con incidencias marcadas hacia la competitividad obligada entre ambos sexos, que tanto mal ha hecho, y seguirá haciendo; pues ahora, lo que se pretende es desnaturalizar el ser más importante y delicado sobre la Tierra, que tiene a su cargo la cocreación de la especie – la mujer -, conjuntamente con la Divinidad Suprema. La pretensión es que ambos sexos sean iguales, piensen de la misma manera, y hasta que puedan hacer las mismas cosas, siempre y cuando la economía biológica así lo permita.

Como es lógico suponer, también ese choque frontal obvio genera violencia entre ambos sexos. En la actualidad, es una tecla que ninguna de las encumbradas promotoras del feminismo moderno quiere tocar; y claro, para que no se le vea como queriendo contradecir determinadas concepciones, y enfrentar intereses personales envueltos.

Entonces, si en verdad se tiene la intención de combatir la denominada “violencia de género”, el asunto tiene que comenzar por promover la concienciación necesaria a nivel de los senos familiares; que cada sexo asuma el verdadero rol que le corresponde en orden mundanal, para el cual fue creado; que también, tanto las mujeres como lo hombres, traten de retomar sus valores en términos espirituales, lo que conllevaría un retorno al pudor y hacia lo moral-racional, no hacia lo impuesto por normas antojadizas; por igual, a la comprensión, la convivencia pacífica y el verdadero amor.

Hasta que esa degeneración entre ambos sexos no comience a ser ponderada desde los marcos, principalmente, de la concienciación familiar sostenida; el rescate de los valores hogareños; y, el reconocimiento de la imposibilidad competitiva entre el hombre y la mujer, esa violencia y criminalidad que en sus relaciones se registra, nunca va a desaparecer; todo lo contrario, irá en aumento cada vez.

Dejémonos pues, de hablar tanto por la prensa sobre ese tema, y vayamos a los meollos del asunto. Combatir las reales causas de esa problemática social, desde sus bases mismas, hará que las cosas pronto puedan comenzar a cambiar.